Foto: difusión

Al parecer, Mark Tremonti como muchos otros guitarristas talentosos, optó por dejar de tomar clases de música. Muy parecido es el caso de Herman Li de DragonForce (lee el artículo acá).


El guitarrista de Alter Bridge confesó a Comebackstage lo siguiente:

"Tomé una clase de guitarra y tuve que comprar un libro y me tratraron de enseñar 'Silent Night' (villancico de navidad)", comenzó a contar y hasta acá se notaba el aburrimiento.
Ese mismo día supo que las clases no eran lo suyo, "no estaba interesado, así que compré libros de tablaturas y decidí aprender por mí mismo".
 
Le preguntaron, además si le parecía más fácil ser autodidacta: "Creo que es más fácil con un profesor. No tenía el dinero suficiente y tampoco alguien cerca".
"Por muchos años fui un mal guitarrista. Mis hermanos se burlaban de mí ya que no me sabía una canción completa", dio cuenta de su situación.
Pero es en ese momento que Mark se estaba puliendo, "solo estaba enfocado en encontrar mi propio sonido y ser un compositor. Considero que si tienes un profesor vas a sonar como él, pero si estudias solo tendrás  un estilo único".

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Foto: difusión

Aunque provengan de culturas distintas Anthrax y el actual líder de Sepultura, Andreas Kisser son bastante unido y hoy veremos la razón del porqué.


Socott Ian se tuvo que ausentar unas semanas por el nacimiento de su hijo y Andreas Kisser había pasado dos semanas con Anthrax en sus cinco conciertos con el Big Four. "Fue uno de los momentos de mi vida, como músico y me sentí respetado. Que Scott me llame y que solo piense en mí no tiene precio. Me dieron seis meses para prepararme. Una vez con ellos me sentí como en casa, fue muy bueno tocar con ellos junto a los Big Four".

Cuando terminó la breve estadía de Andreas en Anthrax, los americanos escribieron en sus redes sociales lo siguiente: "Las palabras no pueden expresar lo que sentimos por tí. Desde el primer día eras parte de la familia. Eras la única opción en sustituir a Scott y probaste que eras el elegido. Muchas gracias por ser tú".

No olvidemos que tanto Sepultura como Anthrax estarán de gira sudamericana entre este y el próximo mes.

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PH: Pablo Gándara
Seamos honestos: ir a un concierto de metal es jugársela. Los que lo hemos hecho ya unos cuantos cientos de veces sabemos que, en lo que a calidad del show se refiere, nada te garantiza nada. Ni la índole del recinto elegido ni las tablas de los músicos; ni la inversión en producción ni el renombre de el o las bandas; y mucho menos, muchísimo menos me atrevo a decir, lo buenos que sean los discos de el o los grupos que se suban al escenario. Los motivos de tal incertidumbre, de que asistir a una descarga en vivo de grupos que apuesten por la distorsión y el virtuosismo sea un tirar una moneda al aire, son muchos y muy variados; pero podríamos simplificar la cuestión diciendo que el metal suele ser una música, escrupulosamente preciosista en estudio, difícil de llevar al directo porque todas y cada una de las piezas del engranaje juegan un papel importante. Y a la que una de éstas falla, a la mierda el dinero de tu entrada y tus expectativas de emoción a flor de piel.

Sobre el cartel, lo que nos esperaba en la sala Bóveda (antigua Mephisto) de Barcelona el pasado 12 de octubre, dentro de la gira española de Firewind, prometía. Ya conocéis el respeto que transmite al que esto escribe el conjunto griego (y si no lo sabéis podéis hacerlo a través, sin ir más lejos, de la entrevista publicada en este mismo medio algún tiempo atrás). Conociendo, además, que los powermetaleros estarían teloneados por unos prometedores Raven’s Gate y unos ya consolidados Guadaña, podría haberse dado el caso de que el fotógrafo y el redactor enviados a cubrir el evento fueran con grandes expectativas sobre lo que les deparaba la noche; pero, como he apuntado, vamos siendo perros viejos y no somos de hacernos ilusiones. ¿Salió cara o cruz esta vez? Pues la moneda en esta ocasión calló de canto. Os lo explico.

Este cronista debe reconocer que, ya antes de acceder a la sala (por cierto, feo eso de que nos hagan hacer la cola a los de prensa y que ni nos den una entradita de recuerdo), la lucha entre los virus gripales que poblaban su organismo y la convicción de que Firewind se han ganado, con su música, el derecho a tocar en localizaciones con más aforo (aun así en esta ocasión ni siquiera se llenó el Bóveda) consiguieron plantar un prejuicio en su ánimo que podría resumirse con la frase que el President de Catalunya le espetó recientemente al Rey de España tras la alienación sin fisuras de éste último con el Statu Quo imperante: “Así NO”. Por desgracia, la actuación de los valencianos Raven’s Gate no ayudó a despejar esa negatividad preconcebida (ni la cerveza a mitigar los síntomas virales). Lo vivido durante la descarga de la mezcla de influencias clásicas+death+black+power+doom+unmontóndecosasmás que manejan estos chicos multiplicó ese NO asemejándolo a aquello que cantaba Amy Winehouse en respuesta a los que pretendían que se rehabilitara: “NO, NO, NO…”. Y que nadie me malinterprete. Repasando sus dos discos en estudio cabe admitir que su propuesta musical, si bien tal vez peca de revoltijo, no es del todo desdeñable, especialmente cuando tiran de riffs y ritmos oscuros y pesados. Pero es que NO había teclista (una de las bases de su música, por lo que en este caso no es perdonable), la puesta en escena NO motivaba especialmente (basta ya de clichés – caras pintadas y cuero negro incluidos – en el metal, dejemos de lado de una puta vez los uniformes, centrémonos en el mensaje, aunque sea el musical) y, lo más grave, NO se entendía una mierda. El sonido fue nefasto (a pesar de ir claramente de menos a más, no llegó a ser ni admisible). Dicho todo esto, y ya que la formación lleva poco más de un lustro buscando su sitio, apostemos por darles un voto de confianza y por destacar la enorme energía que pusieron todos los integrantes (especialmente Arturo Megamuerte – sic -, su cantante), espoleados sin duda por la oportunidad que para ellos debe haber supuesto girar con la banda de Gus G., otrora guitarrista de Ozzy Osbourne (dejaremos para otro día una reflexión sobre hasta qué punto es deseable, cuando una propuesta artística no funciona y el público se muestra más bien frio y confuso, tirar de rabia y postureo en detrimento de intentar solucionar los problemas técnicos).

Ya he dicho antes, a riesgo de parecer vacilón y/o pureta, que conciertos he visto muchos. Pues bien, aun así, a día de hoy sigo sin entender cómo puede variar tanto la calidad del sonido de un grupo a otro en una misma noche. Teorías las hay (que si el técnico, que si el equipo de sonido, que si lo quisquillosos que son los músicos con sus preferencias individuales, que si una mezcla de todo lo anterior), pero ninguna me convence. El caso es que, centrándonos ya de nuevo en la noche de marras, si Guadaña se convirtió, bajo mi punto de vista, en la banda triunfadora de la noche, fue, en gran parte, gracias a que fueron los únicos que supieron hacer totalmente audible su propuesta musical y, por ende, que el público entendiera su arte. Ya minutos antes de que empezaran a tocar, mientras Juanma Patrón (ojito a este guitarrista, que lo mismo te hace un sólo huyendo de lugares comunes que se convierte en el mayor defensor del clasicismo melódico) probaba la afinación de su instrumento riffs mediante, pudimos intuir que el salto cualitativo en el aspecto sonoro iba a ser considerable.

Los gaditanos venían a presentar su último disco, Karma, lanzado a principios de este mismo año (siete de los nueve temas elegidos pertenecieron al mismo). Y, para hacerlo, optaron por una puesta en escena que, si bien también tiraba de imagen, lucía mucho más actual y elegante que la de sus antecesores (siempre bajo mi prisma y según mis gustos, por supuesto). La mezcla en su atuendo de ropajes típicos de la escena metalera con detalles como las corbatas o chalecos en el caso de algunos de los integrantes, por lo menos resultaba relativamente novedosa y estimulante (el aspecto de Pablo Casas, el batería, me recordó, para que os hagáis una idea, a su homólogo en los Gun'n'Roses pre-pseudo-reunión, Frank Ferrer). Gloria Romero, voz femenina de la banda, lucía imponente, igual que lo hiciera su voz durante toda la descarga, que comenzó, como era de esperar, con esa declaración de intenciones (humildad, trabajo y constancia) que es el primer corte de su nuevo redondo: “Aún sigo en pie”. Un tema perfecto para calentar y meter en vereda al público y que da mucho espacio para el lucimiento del bajista, el jerezano Juanlu Ripalda, cuya sonrisa perenne (no le abandonaría una hora después mientras disfrutaba de los cabezas de cartel entre el público) delataba el goce que supone para él haber sido el escogido para sustituir a Nael Martín (quien abandonó la formación meses atrás al no ser capaz de compaginar su trabajo con lo que, lamentablemente y como para tantos otros, no deja de ser una afición para este grupo: es decir, la música). Y qué explicaros de la otra voz del grupo, Salva Sánchez. Pues que me viene al pelo que apareciera (no sé el motivo) con bastón pues, entre la bestialidad y el placer que suponen para cualquier oído su manera de cantar y su particular postura corporal unidas a una muy curiosa forma de moverse me recordaron, y en este caso es un alago, a nuestro querido Rob Halford. Así, desgranando la mayoría de canciones de Karma (incluidos trallazos asequibles como “Como hermanos” o “Némesis”), entre las que se colaron “Yo soy la ley” y “Como hermanos” (Deryaz, 2014), completaron un acertado setlist al que, como neófito admirador del grupo, únicamente podría ponerle el pero de contribuir al maltrato de la palabra ‘Revolución’ (esta mañana he escuchado una cuña de radio que la utilizaba para vender cápsulas de café, así nos va) en una de sus canciones más festivas (investigad y sacad vuestras conclusiones). Por lo demás, ese género entre el metal clásico español (pienso en Saratoga), el metal sinfónico (vislumbro a Épica), el alternativo (huelo a Hamlet) o, incluso, el Nu Metal (rememoro a Linkin Park) encandiló gracias, como ya hemos dicho, a un sonido perfecto, una ejecución pulcra y una innegable capacidad del grupo de crear y hacer llegar himnos. Se les despidió con cariño y pasión. Se lo habían ganado.

Mientras algunos aprovechábamos para tomar el aire en el exterior de la sala, los ejercicios de calentamiento vocal de Henning Basse (reemplazo de Apollo Papathanasio, anterior cantatante de Firewind) desde el camerino nos avisaban (cosas de las salas pequeñas) de que el supuesto plato principal de la noche no tardaría en estar servido. Así, unos minutos después, estaríamos intentando disfrutar de alguno de los cortes (la épica “Ode to Leonidas” y la contundencia de “We Defy”) del último disco del combo, Immortals, seguidos de una de sus composiciones más inspiradas y queridas, “Head up high” (The Premonition, 2008). Y digo ‘intentando’ porque, a pesar de que Firewind es uno de los grupos más creativos y elegantes a la hora de fabricar temazos powermetaleros de inspiración clásica, y de que todos los miembros son musicazos que se dejan el alma encima del escenario, hay cosas que no debemos dejar pasar cuando hemos pagado por un espectáculo. Me estoy refiriendo, en este caso, a la horrible ecualización de la voz del alemán del grupo. Os puedo asegurar, gracias a la proximidad del escenario y a la escasa asistencia, que permitían aproximarse a cualquier ángulo de las tablas y observar con cercanía, que no fue un problema ni de ejecución por parte del vocalista (desde el lateral libre se le podía oír dándolo todo) ni de falta de insistencia del mismo, gestos hacia la mesa de sonido mediante (que no cesarían en todo el show). Pero el desastre no se subsanó y eso, por parte de los que asistimos a la llamada en parte por volver a disfrutar de una de las voces más respetadas de la escena desde sus tiempos en Metallium, resultó un auténtico chasco.

Por suerte, Firewind tiene ganada de antemano una de las claves del éxito musical, sin duda la más importante: la calidad de sus canciones. Por eso, durante la ejecución de la homónima “Between Heaven ande Hell” (2002), la nueva “Back on the Throne”, las rescatadas “World on Fire” (Days of Defiance, 2010) y “Fire and the Fury” (Burning Earth, 2003) o las también actuales “Hands of Time” y “War of Ages”, el público prefirió perdonar los problemas de sonido de la voz principal y echarles un cable a los músicos coreando gran parte de sus letras. Suerte también que con la balada del Immortals, “Lady of a Thousand Sorrows”, el voceras, aprovechando la menor distorsión instrumental, pudo resarcirse y demostrar que si a alguien habría que descontarle el jornal de esa noche era al técnico y no a su persona.

¿Y qué hay del resto de músicos? Impecables. Gus G. es un pulcro virtuoso y un magnífico compositor que, además, se ha convertido en una estrella (el menda tenía a un currito agazapado tras su ampli, encargado únicamente de proveerle de agua fresquita y de que no se le desconectara el cable de su guitarra); Petros Chriso (bajista) y Johan Nunez (baterista y pura energía) son metrónomos humanos que además se dejan la piel, y Bob Katsionis no sólo alterna con naturalidad y maestría la segunda guitarra y el teclado, sino que en el sólo de este último instrumento ejecutado entre “Mercenary Man” (2008) y “I am the Anger” (2003), se animó incluso con un fragmento del “Concierto de Aranjuez” (Joaquín Rodrigo, 1939).

No tardaron en llegar los bises. “Live and Die by the Sword”, una auténtica obra de arte que ilustra la diferencia entre hacer Power de calidad y escribir canciones para los autos de choque y, ya con la gente desatada, la imprescindible “Falling to Pieces” (Alliegance, 2006), cerraron una noche ambigua y desigual.

Mientras nos dirigíamos hacia la salida, no pude evitar volver a plantearme un par de cuestiones a las que todavía no he conseguido dar respuesta:

¿Es de recibo despedir con aplausos a un grupo que ha descuidado uno de los aspectos fundamentales de una presentación en vivo como es la voz?

¿Somos realmente los metalheads personas puristas y exigentes con nuestros artistas preferidos o nos acercamos más a la odiosa palabra fans, es decir, fanáticos que perdonamos errores garrafales con tal de tener cerca a los músicos que admiramos?

Seguiremos investigando.


Crónica: Quim Heras
Fotografía: Pablo Gándara



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Se podría anunciar como ‘el eslabón perdido’ en la carrera de Dream Theater: la ‘Twelve Step Suite’, pieza dividida en varios discos compuesta por Michael Stephen Portnoy que nunca pudo ser interpretada en su totalidad y orden por los norteamericanos, por fin sería entregada a los fans en vivo. El baterista, ahora alejado hace ya casi una década de su banda de toda la vida, está en condiciones de presentarlo en conciertos junto a músicos extremadamente talentosos, como Eric Gillette y la banda Haken casi completa.
La cita en Santiago quedó programada para el 19 de Octubre en el Teatro La Cúpula, lugar que recibió cerca de mil trescientos fanáticos de la vieja escuela de Dream, ya que se vieron personas de todas las edades disfrutando de principio a fin lo que fue una velada inolvidable para los presentes. A las 21:03 se apagaron las luces y se dio paso a una jornada llena de momentos épicos con  ‘Prelude’, canción de la película Psicosis, dando lugar a  ‘Regression’, introducción del álbum  ‘’Metropolis Pt. 2: Scenes From a Memory’’ de 1999 con la cuál todo el recinto se puso a gritar de inmediato. ‘Overture 1928’ y ‘Strange Deja-vu’, pegadas  tal  como en el disco mencionado, pusieron a saltar a todo el teatro, con una muy buena interpretación de parte de los músicos. Enseguida sonó ‘The Mirror’, más pesada que las anteriores y dejando a varios de los asistentes exhaustos de tanto brincar en la cancha.
Luego de esto, Mike Portnoy se bajó de su trono para saludar a sus fans chilenos, quienes lo aplaudieron a rabiar después de cada frase que decía. El baterista se dio tiempo de presentar a toda la banda, a lo cual el público respondió con vitoreos dirigidos en especial a la banda Haken, quienes jamás han venido a Chile a interpretar su música.
Tras esto Mike anunció que tocarían la ‘Twelve Step Suite’ de manera íntegra, la que fue compuesta sólo por él para relatar los pasos de su pelea para salir del yugo del alcoholismo. ‘The Glass Prison’(‘’Six Degrees of Inner Turbulence’’, 2002)  fue la primera en sonar con la mayoría del recinto emocionado de poder presenciar algo con ribetes casi históricos. ‘This Dying Soul’ (‘’Train of Thought’’, 2003) y  ‘The Root of All Evil’ (‘’Octavarium’’, 2005)  siguieron
completando el sueño de varios fans que se estremecían con cada nota de la suite de doce pasos.
Punto a destacar la versatilidad de Eric Gillette, guitarrista que tocó la mayoría de los solos incluidos en el setlist de la jornada y deslumbró por no equivocar ninguna de las notas que ejecutó. Además, la base rítmica de Haken con el carismático tecladista Diego Tejeida, el bajista Conner Green y los guitarristas Richard Henshall y Charles Griffiths estuvo notable, cada uno derechamente al nivel que ameritaba esta ocasión.
Los dos últimos cortes de esta sección, ‘Repentance’ (‘’Systematic Chaos’’, 2007) y ‘The Shattered Fortress’ (‘’Black Clouds and Silver Linings’’, 2009) rozaron la perfección necesaria para tan complejas composiciones, con cada músico entregado al máximo para brindar la atmósfera requerida en la obra de Portnoy.
 
Terminada la canción que le da el nombre a esta mega banda, los artistas se retiran del escenario por unos minutos que se hicieron eternos, hasta que Richard Henshall vuelve a aparecer para tocar la intro acústica de ‘Home’, escena seis de ‘’Metropolis Pt.2…’’ que hizo  enloquecer a varios de los presentes. Cabe mencionar de gran forma al vocalista estrella de la noche: Ross Jennings, quien estuvo a cargo de la mayoría de las canciones tocadas en un muy buen nivel, emulando –y quizás mejorando- el tono de James LaBrie en sus versiones originales. Luego se vino uno de los momentos memorables: ‘The Dance of Eternity’, canción instrumental que todos los presentes corearon como en un estadio, con una conexión entre público y banda aplaudible. Portnoy, luciéndose como siempre, entrega cada nota como si fuera la última, con una fuerza apabullante y, gracias al brillante sonido que hubo en el teatro, todos vivieron de la mejor manera posible este concierto. La noche culminó con ‘’Finally Free’, última canción del disco de 1999 que terminó con varios fans emocionados hasta las lágrimas y con una banda más que agradecida de la entrega que vivieron con el público chileno.
Después de los agradecimientos finales de Mike Portnoy y la banda, cada músico se baja del escenario y la gente comienza a abandonar la Cúpula. Sin embargo, todos quienes asistieron pudieron irse tranquilos y con una sonrisa de oreja a oreja: acababan de escuchar la obra maestra del baterista que sólo soñaban con oír en su integridad, quizás no con los músicos que todos hubiesen deseado, pero sí con toda la fuerza que jamás  habrían recibido de la anterior banda de Mike. Al menos en lo que todos podemos estar de acuerdo es en que, finalmente, se pagó una deuda con los fans chilenos y, sobretodo, con la trayectoria de Portnoy.
Crónica de Samuel Víctor Acevedo
Fotografía de Felipe Pino Guerrero




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Duff McKagan conversó con Chris Jericho y habló sobre cómo redescubrió el interés hacia el bajo.


“Redescubrí mi interés sobre el bajo cuando hace unos 8 o 10 años comencé a tomar clases. Aprendí sobre la teoría y comencé a tocar con los dedos expandiendo mis horizontes”, comentó.

“Tocaba y ensayaba mucho tiempo, ya no tenía que ensayar cuando llegaba a casa. Igual ensayábamos en mi casa (risas)”, dijo el bajista.

Además, reveló con los instrumentos que toca en privado, “los bajos que toco todas las noches son las Fender Jazz, hecho en Japón”.

Además, comentó cómo se reintegró a Guns N Roses: “Recordar las canciones del Appetite (for Destruction) fue fácil. Es como el maquillaje, ya está adherido al cuerpo.”

Contó también sobre los otros miembros, “Axl puso todo de sí en componer y grabar. Creo Slash y yo lo tomamos más como un reto, tuvimos que re aprender las canciones. Luego vino Frank (Ferrer) y Richard (Fortus). Nos tomó un día entero en sacar las canciones del (Use your) Illusion y del Appetite (for destruction)”.




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A través de comentarios y mensajes, algunos fanáticos de Helloween han acusado al vocalista Michael Kiske de hacer playback durante el primer concierto de la gira mundial "Pumpkins United".

La noche de ayer, 19 de octubre, se llevó a cabo el primer concierto de la gira de reunión de Helloween, adecuadamente titulada "Pumpkins United". La fecha se desarrolló en la casa de shows Escena, en Monterrey, ciudad en el noreste de México. El show fue limitado y especial, sólo para marcar la apertura de la gira, casi una celebración para sólo 1500 personas.




A pesar que muchos fanáticos han esperado tanto por este momento, otros expresaron su molestia señalando que en varios temas era Kiske haciendo fonomímica mientras sonaba una pista con "su voz ya grabada". Puedes ver siguientes vídeos a continuación y sacar tus propias conclusiones.

Livin Ain't No Crime - A Litte Time (Minuto 4:58)




A Tale That Wasn't Right (Minuto 4:07)

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