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Por: Conde de la Fey
Hace algún tiempo, la revista “Metal Hammer” publicó una lista de los “50 mejores discos de thrash metal de la historia” (pueden ver la lista aquí). Lo que sorprende de la lista es que hay varios que realmente no califican como thrash metal (como los de Armored Saint o Vicious Rumors) o que si bien tienen lazos con el subgénero en cuestión se encuentran muy en la frontera con otros géneros (como el de Suicidal Tendencies o Machine Head). Por ello, creo que en lugar de varios de los discos de la lista, debieron entrar, con toda justicia, los discos que se listan a continuación, que son obras maestras absolutas del thrash metal, desde las más crudas hasta las más técnicas. Estas piezas musicales, sea porque no fueron álbumes que tuvieron la promoción debida, o porque eran muy experimentales, o porque aparecieron justo cuando el grunge hacía de las suyas a inicios de los noventa, no tuvieron la fama que merecían. Si eres un thrasher y no has escuchado estos discos, solo déjame decirte lo siguiente: shame on you.

10) “Strappado” (1987) de Slaughter


Este disco de thrash metal  suena tan primitivo y básico, que casi parece creado por alguna rústica  banda punk. Pero la voz bronca y gutural de Dave Hewson da vida a unos ritmos bestiales que adquieren una fuerza tal que podría ser calificada de “proto-death metal”. Quizá por ello no sea casualidad que Chuck Schuldiner haya pertenecido a esta banda a mediados de los ochenta. “Strappado”, junto con “Seven Churches” de Possessed, es una de las piezas claves en la futura creación de aquel subgénero del metal consolidado  a partir del “Scream Bloody Gore” de Death.


9) “Suffering hour” (1988) de Anacrusis

Tal vez el mejor disco de Anacrusis sea “Reason” (1990), que si bien encaja en el subgénero que nos ocupa, se perfila más hacia los senderos del metal progresivo. Por ello, comentaremos su álbum más decididamente thrash, el extraordinario “Suffering hour”.
La opera prima de esta banda de Missouri mezcla la oscuridad del doom con la crudeza del thrash. Es como una mutación lóbrega del Black Sabbath original con el Metallica del “Kill em all”. He ahí su originalidad, con el adicional de tener a un Kenn Nardi que grita y a la vez chilla como un vampiro. “Suffering hour” es un álbum que suena  brutal y sombrío a la vez. Escucharlo es como sentir la tocada de una banda punk entre los ecos fantasmales de una mansión gótica.

8) “Possessed by fire” (1986) de Exumer

La voz de Mem Von Stein parece la de un desquiciado. Es como la mutación insana de Paul Ballof de Exodus y Schmier de Destruction.  Los riffs se suceden a una velocidad apabullante y amalgan, al igual que la voz, las grandes tradiciones germanas y americanas del thrash metal. Es una de las obras del género más potentes que alguna vez ha dado Alemania. Alguien que disfruta de joyas como el “Pleasure to kill” de Kreator o  “Perscecution mania” de Sodom, y que no haya escuchado el “Possessed by fire”, tiene una indispensable pieza faltante en el conocimiento del thrash de aquel país. 

7) “IX” (1987) de Bulldozer

Después de crear clásicos de culto del black/speed metal como  “The day of wrath”, con un estilo muy marcado en la onda Venom, la banda italiana Bulldozer creó la que es para muchos su mejor y más original obra: “IX”. Muchas revistas importantes en la época se reusaron a comentar en su momento ese disco, por la descarada obscenidad de sus letras, entre las que se cuenta un homenaje a la actriz porno Cicciolina, la canción “Ilona the very best”. Este disco recuerda en cierta medida el sonido crudo, veloz y lúgubre de bandas brasileñas como Sarcófago o Mutilator, pero con una mayor técnica, al menos en comparación. Este álbum de Bulldozer es frenético y endiablado de principio a fin. Es abrasador y te deja sin respiro. Si conoces bandas como Mayhem, te darás cuenta que en muchas de sus canciones, la  influencia del “IX” está muy presente.



6) “Time does not heal” (1991) de Dark Angel

"¡9 canciones, 67 minutos, 246 riffs!".  Con esa frase se promocionó a inicios de los noventa el último disco de esta banda americana, conformada en ese entonces por el hoy famosísimo Gene Hoglan. Si bien los Dark Angel son recordados por el brutal “Darkness Descends”, ellos lograron su máxima expresión musical con “Time does not heal”, una obra que suena épica y a la vez salvaje. Por ello, Eduardo Rivadavia, de la página allmusic.om, dijo alguna vez que este álbum es como el “And Justice for all…” de Metallica pero grabado con la actitud del achorado “Kill em all”.

5) “Forward to termination” (1987) de Sacrifice

El segundo disco de esta gran banda canadiense tiene muchas conexiones con las oscuras velocidades que logra Slayer en su clásico “Reign in blood”. Pero hay algunos rasgos que hacen de “Forward to termination” un álbum único, que van desde los chillidos terroríficos de Rob Urbinati hasta unos inolvidables cambios de tempo, fieros y viciosos. Una obra clave en el devenir thrash del país que también vio nacer a bandas como Anvil o Razor. Su último disco, “The ones I condemn”, demuestra que Sacrifice está más vivo que nunca.

4) “Blaze of obscurity” (1989) de Pariah

Pariah fue la encarnación thrash de Satan, aquella legendaria banda de culto que lanzó uno de los clásicos mayores de la NWOBHM, llamado “Court in the act” (1983), compuesto por pasajes de thrash y power metal antes de que se hablara propiamente de thrash metal y power metal. Esta banda visionaria, años después, decidió cambiar de nombre, y  jugar de forma directa con las reglas del género popularizado por Metallica. Aun así logró lanzar un disco de metal inclasificable.
“Blaze of obscurity” suena a thrash metal, pero a la vez suena speed, suena power, suena heavy. Quizá el hecho de que el sonido de la banda no encajara de manera tan clara en un subgénero del metal hizo que no fuera tan popular en los ochenta.  La dupla de guitarras conformada por Russ Tippins y Steve Ramsey, adelantada a su época al igual que en Satan, despliegan una mezcla potente de técnica y melodía que prefigura el thrash metal más sofisticado  de años venideros, aquel que se aprecia en discos como el “Never, neverland” de Annihilator. Como en álbumes anteriores de Satan, los solos progresan de forma vibrante, mientras la voz rasposa de Mike Jackson, acompañada por la cadencia del bajista Graeme English y el baterista Sean Taylor, hace una radiografía decadente del mundo occidental.

3) “R.I.P.” (1987) de Coroner

El primer disco de esta legendaria banda suiza es un tornado de riffs y solos, pesado y veloz, que experimenta con sonidos neoclásicos, pero también con el jazz y el rock progresivo. Por eso, algunos conocen a Coroner como los “Rush del thrash metal”. Coroner fue refinando su estilo en sus siguientes entregas (“Punishment for decadence”, “No more color”, “Mental vortex”, “Grin”) y ha sido influencia clave en las experimentaciones de músicos que alcanzaron el status de mito en años posteriores, como el ya mencionado Chuck Schuldiner.

2) “None shall defy” (1987) de Infernäl Mäjesty

El mejor disco en la historia del thrash metal canadiense no lo grabó ni Annihilator ni Voivod, lo creó una banda muy venerada sobre todo por muchas agrupaciones de la segunda ola del black metal, aquellas que quemaron iglesias en Noruega. Ese álbum se llama “None shall defy”.  La voz áspera y tenebrosa de Chris Bailey es acompañada por las guitarras de Kenny Hallman y Steve Terror, que arremeten con soberbios  pasajes de riffs y melodías, encadenados con una oscuridad técnica y laberíntica. Mientras tanto, la batería de Rick Nemes y el bajo de Psycopath  dotan al primer y gran disco de Infernäl Mäjesty de una pesadez que nos hace sentir como si los jinetes del Apocalipsis nos hicieran cabalgar hacia la boca del mismo infierno.

1) “By inheritance” (1990) de Artillery

Un conocedor del mejor thrash sabe que la agrupación danesa Artillery es, junto con Kreator o Destruction, una de las bandas mayores de este subgénero en Europa. Alguna vez, Don Kaye de “Kerrang!” dijo lo siguiente:  “Artillery are perhaps Europe’s finest contribution to the genres of thrash/speed/power metal”. Lastimosamente, problemas de distribución y falta de apoyo promocional por parte de ciertas discográficas impidieron que Artillery obtenga el reconocimiento que realmente se merece. Si bien su disco más conocido es “Terror squad”, “By inheritance” es su canto de cisne (aunque no debemos olvidar el “Fear of tomorrow”, su opera prima, que es también una obra maestra).



“By inheritance” es un álbum extraño y original. La inconfundible y embrujada voz de Fleming Rönsdorf es secundada por los hermanos Stützer, quienes conforman unas de las mejores “twin guitars” en la historia del thrash metal. Las guitarras crujen pero a la vez son melódicas, se suceden varios cambios de ritmo que se intercalan con acordes exóticos, de enrarecido aire oriental. Asimismo, la batería de Carsten Nielsen y el bajo de Peter Thorslund  le dan al disco una gravedad adictiva. Todas las canciones del “By inheritance” encajan a la perfección, y por eso, esta joya producida por Flemming Rasmussen (sí, el que también produjo el “Master of Puppets” de Metallica) es una de las últimas obras maestras que nos dio el thrash metal hacia el final de su época dorada, allá a comienzos de los noventa.

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