PH: Lucas Korneyá
Esto es una reseña del concierto ofrecido por Zenobia en la Salamandra de l’Hospitalet del Llobregat el sábado 29 de abril de 2017. Pero también pretende ser un ensayo (o una ida de olla, o una paja mental, no me seáis puristas del argot callejero) sobre los prejuicios. Algunos pensaréis: “¿Éste de qué coño va?” o “Habla de música y déjate de ostias”. Lo siento, pero, igual que el grupo de La Rioja ha sabido hacerse un buen hueco entre las bandas de nuestro país a base de intentar ofrecer un plus de calidad a sus seguidores, este escribiente opina que debe hacer lo mismo con sus palabras, intentando no quedarse en la superficie para aportar, desde la humildad, algo que nos haga pensar y crecer. Otros diréis: “¿Y por qué no le vas con la milonga de los prejuicios a l@s abuel@s que votan al PP? Los metaleros no tenemos prejuicios”. Si esto fuera el Facebook o el Whatsapp, ahora pondría una ristra de emoticonos de esos de la carita descojonándose. En teoría, una música derivada del rock, contestataria y libertaria, debería ayudar a que sus seguidores fuéramos más impermeables a los convencionalismos mentales, pero no nos engañemos: hay una corriente muy reaccionaria dentro del mundillo de la música dura. Además, da la casualidad de que de los recelos de los que quiero hablar es de los míos propios. De las ofuscaciones que me invadieron días antes del show con el que Zenobia cerraba la primera parte de su “Alma de fuego tour”. Así que empecemos.

Prejuicio 1: “El hecho de conocer a Jorge Berceo en persona me va a impedir ser imparcial”

Llego a la sala justito para ver despedirse a los barceloneses Regresión. Antes fue el turno de Guadaña, la otra formación que ha estado completando el cartel del tour. Pero tampoco puedo disfrutar, por otros compromisos, de los gaditanos. La noche está nublada y en mi mente también hay formado, desde hace días, un cúmulo grisáceo. “El hecho de conocer a Jorge Berceo en persona me va a impedir ser imparcial”, pienso recurrentemente. Error. Quizás complica la tarea, pero no la impide. En cuanto empieza la música, las dudas se desvanecen y ya no hay colegas en el escenario, ni conocidos en la pista. Sólo músicos y amantes del género.

Suena la intro mientras los componentes del combo van asomándose al escenario. Primero lo hacen Ernesto Arranz (teclados y coros), Javi Herrero (batería y coros) y Salva Hache (bajo y coros), entre aplausos que crecen cuando aparece Víctor de Andrés (guitarra), y que se convierten en ovación cuando lo hace Jorge Berceo. Como no podía ser de otro modo, la descarga comienza con un tema de su último disco (“Alma de fuego II”): “100 dardos”. Y, ya desde un principio, sorprende la calidad del sonido conseguido por la banda en directo (me comentaban antes del concierto que la prueba había ido como la seda). Se aprecian perfectamente todos los instrumentos y la voz de Jorge (éste, sin embargo, tendrá que lidiar con algunos problemas con el micro a lo largo del show), destacando la limpieza con la que se pueden captar las pulsaciones de Ernesto, algo que no siempre ocurre en formaciones que cuentan con teclista. Le siguen la warcryana “La última vez” (una de mis preferidas, tanto por melodía como por letra – “Supernova” es su disco más comprometido en este último aspecto), la mitológica “Ícaro” y otra de su último plástico, la más oscura “El pacto” (precedida de su correspondiente intro: “Entre tinieblas”). Ojito a los huevos del señor Berceo quien, ni corto, ni perezoso, ni mucho menos acomodado (como otros artistas que salen a cumplir y les importa más bien poco de qué manera le llega la música a la audiencia), tras comprobar que algo no le convence en el sonido de su micrófono se acerca, sin dejar de cantar, al técnico que hay sobre el escenario para preocuparse por la ecualización. Chapó. Llega un punto de inflexión con “Corazón de hielo”. Roto ya el ídem y con la gente más pendiente de disfrutar que de sus móviles (algo que en las primeras canciones de cualquier concierto parece formar parte ya de la liturgia social), se empieza a captar la hermandad entre banda y público, a base de coros y brazos en alto por parte del respetable.

Prejuicio 2: "Víctor de Andrés se preocupa más del postureo que de la música"

Lo de Víctor de Andrés con su guitarra es algo muy especial. No la sostiene, porque casi forma parte de su cuerpo, es una extensión de su ser. No la rasga, la acaricia. No la toca, le hace el amor (en un momento dado chupó una cuerda que sobresalía del clavijero) o se la folla (en todo tipo de posturas, con clara preferencia por encabalgarla), en función de la canción o del pasaje. Víctor y su guitarra son uno y es un placer verle (y sobretodo escucharle) en directo. Un privilegio. Por eso, al darme cuenta de lo equivocado que estaba con este chico (por culpa de haberme fijado siempre un poco más en su indumentaria que en su arte), me acerqué al puesto de merchandising, donde la madre de Jorge no paraba de alzar los cuernos y corear todas y cada una de las composiciones de su hijo, para aprovechar que ofrecían catar un chupito de orujo por la cara. Porque muchas veces, cuando uno se da cuenta de su propia idiotez, el aprendizaje pasa mejor con un trago.

Tras los sonidos árabes de la intro "Las arenas de Palmira" y el medio tiempo "Mi destino" (ambas de su nueva obra), los muchachos optaron esta vez por aprovechar que el formato de la gira lo permite, y ofrecer un medley de algunas de sus baladas ("Valiente", "No lloraré por ti" y "Vuelve") que derivó en la interpretación íntegra, únicamente con piano y voz durante la primera mitad, de otra de sus canciones más sentidas: "Ante tus ojos".

Berceo disfrutó especialmente en esta parte (de hecho, a todos los músicos se les ve gozar sobre el escenario durante todo el espectáculo, algo muy de agradecer): "Por eso este momento es mágico, no hay más baladas como esta después del Alma de Fuego Fest", soltó. Pero Víctor, justo después, no pudo disimular sus ganas de caña al gritar, antes de comenzar el riff de "Océanos de fuego": "¡Venga, coño, vamos a hacer un poco de Rock and Roll!". Y vaya si lo hicieron. Gran instrumental. Y gran manera de dejar atrás la parte más tranquila del show y reengancharnos a la tralla.
Prejuicio 3: "Las letras de Zenobia dejan bastante que desear".

Cuando comencé mi andadura en el mundo de la comunicación musical, encabecé la carta de presentación que remití a diversos medios con la siguiente frase de Malcom Gladwell: "Lo que ocurre es que encontramos una razón admisible por la que algo nos gusta o nos disgusta, y a continuación ajustamos nuestras auténticas preferencias para adecuarlas a esa razón". Quería así dejar clara mi autoconciencia sobre lo parcial, limitada e incompleta que es la tarea de cualquier persona que se dedique a escribir en función de sus propias opiniones. Si ahora os dijera que, al haber buceado un poco más en su discografía y haber disfrutado de su directo, la lírica de Zenobia me apasiona, os mentiría. Estaría cayendo en la trampa mental sobre la que Gladwell nos avisa con su aseveración: reorganizar mis gustos en función del cariño que le he cogido a estos chicos. Pero también pecaría de caciquismo si no admitiera que todo esto va de sensibilidades, que se forman a través de un bagaje personal, y que cualquier cosa que no hiera la sensibilidad de las personas es respetable. Por eso, que a mí personalmente me gusten más las letras callejeras y/o de denuncia, o la poesía que huye de los lugares comunes, no me impide admitir que alcé mi cerveza en señal de cortesía hacia el grupo mientras interpretaban la festiva “Brindemos por una canción”, que vi luz en la mirada de los fans cuando sentían “Mi alma es tempestad” y que me emocioné al comprobar que un niño que no debía tener más de 5 años se sabía enteritos los versos de “Ángel negro”.

Prejuicio 4: “Zenobia en directo debe ser una banda distante”

No se hicieron de rogar mucho los músicos para volver a saltar al escenario a interpretar los bises. Inauguró este último tramo “Borraré tu nombre”, durante la cual el voceras del grupo tuvo que lidiar de nuevo con algunos problemas de sonido, especialmente en los tonos más altos. Una lástima, porque hay que reconocer que cada vez canta mejor y que se deja el alma en cada nota. Aun así, flipamos con este tema (de lo mejorcito de su discografía). En “Una de piratas” se echa de menos la colaboración de Oscar Sancho, de Lujuria, pero no siempre puede ser. De todas formas, es un tema perfecto para el directo que puede convertir cualquier sala en una fiesta. ¿Imagináis que se hubiera unido también Víctor García para cantar las partes que grabó para “La tormenta”? Tampoco pudo ser. Esperaremos a otra ocasión. Con el personal ya totalmente desatado, Zenobia cerro una gran noche de metal con “Lo llevo en la sangre”, uno de sus himnos más conocidos y cuyo título impregnaba más de una camiseta. Perfecto fin de fiesta.

Resumiendo: llegué a la Salamandra a las 22:00 h repletito de dudas, inseguridades y prejuicios. Salí de ella a las 0 h pasadas, con la sensación de haberme divertido mucho, de haber gozado con la música y el show y, lo más importante, de haber aprendido valiosas lecciones para futuros compromisos profesionales. Zenobia trabajan duro y bien, y eso, más allá de consideraciones personales, es no sólo respetable, sino reivindicable. Fue un lujo también poder asistir a otro bolo en una de las, en mi opinión, salas con mejor sonido del circuito barcelonés. También lo fue poder moverme a mi antojo entre los aproximadamente 200 asistentes. Pero, egoísmos aparte, molaría mucho que, para la próxima, el emplazamiento escogido reviente de peña. El grupo lo merece.


Crónica por: Quim Heras
Fotografías: Lucas Korneyá

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