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Foto: difusión

Con cinco décadas de carrera, los neerlandeses Focus se han hecho de un nombre dentro del rock progresivo. Tal vez no se los mencione tanto como otros dinosaurios de la variante más sinfónica del género como Yes o Genesis, pero es cierto que el grupo liderado por el tecladista, flautista y cantante  Thijs van Leer se ha hecho un espacio en el corazón de casi todo amante de las estructuras complicadas y los ritmos irregulares. 



Además, compusieron “Hocus Pocus”, que los convirtió en uno de los pocos grupos de rock progresivo de los setentas que no tuvo que esperar a la llegada de los ochentas para tener un éxito radial, haciendo que incluso personas que no estén metidas en el género los conozcan, aunque sea como “esa banda que sacó una canción con canto tirolés en el medio”.

Con esto en mente, la elección de Uniclub para la nueva visita de Focus no dejaba de ser un tanto particular. Un lugar al que se me resulta difícil emparejar con el rock progresivo. El stoner, el punk y el heavy metal tienen su espacio seguro en el recinto de Guardia Vieja 3360, pero el rock progresivo tiene, por regla general, un sentido del espectáculo que sería difícil de trasladar al reducido escenario. Claro que estas son más suposiciones personales, prejuicios que recién se pondrían a prueba al momento de la presentación misma.

Ya casi llegado el comienzo del recital, decir que el recinto estaba lleno sería quedarse corto. Pero lo que más llamaba la atención era la variedad del público: desde los rockeros veteranos de la primera hora (que alternaban entre los de camisa y los de remera de Led Zeppelin y grupos similares), hasta los jóvenes con remera de Black Sabbath, Beatles y hasta Hermética.

A las 20.55, el telón de Uniclub se abrió, y todos los ojos se posaron en la figura de Thijs van Leer, sentado frente a su teclado Hammond en el extremo izquierdo del escenario. La introducción de flauta de Thijs se extendió por algunos minutos hasta dar comienzo a “Focus I”, composición que iniciaba el debut de la banda y que, con su contraste entre pasajes suaves apoyados en los teclados y otros más guitarreros y cercanos al hard rock, es un arranque perfecto para la presentación. A “Focus I” le pegaron “House of the King”, otra más de su debut.

Luego de los saludos de Thijs van Leer a todos los presentes, la banda se dispuso a interpretar el primer plato fuerte de la noche con “Eruption”, la suite de más de 20 minutos que coronaba su segundo álbum Moving Waves. Fue acá donde se pudo apreciar mejor la habilidad tanto del guitarrista Menno Gootjes, que tocaba cada nota con precisión milimétrica, como la del recientemente ingresado Udo Pannekeet, que recorría todo el diapasón de su bajo de seis cuerdas. Mientras el histórico Pierre van der Linden marcaba los ritmos con soltura de jazz detrás de la batería, Thijs se dispuso a tocar tanto el teclado como la flauta al mismo tiempo, para luego levantarse, acomodar el micrófono en el medio del escenario y comenzar una improvisación de “scat”. Ya para ese momento se pudo notar que el sonido era casi perfecto, con cada instrumento pudiendo distinguirse claramente, algo que sería bueno ver más seguido en recitales internacionales. El único momento en que la banda pareció encontrar un defecto fue cuando el cantante pidió que apagaran la ventilación, porque Gootjes y Pannekeet se quejaban de que sus instrumentos se desafinaban.


Y ya que hablamos del vocalista, es para destacar su manera tan familiar de comunicarse con el público. Incluso viendo más allá de su edad, es complicado no verlo como un padre o un abuelo cada vez que explica el contexto de “La Cathedrale de Strasbourg” (todo un logro en una banda casi completamente instrumental), o cuando conecta la historia de esa canción con la de “Harem Scarem”. Y cuando le dedica al público argentino una pieza como “Birds Come Fly Over (Le Tango)”, donde utiliza una melódica como parte de la instrumentación, es inevitable sentir que no lo dice desde un recurso aprendido en décadas de escenarios, sino que lo dice de manera completamente sincera.

Sin embargo, fue en “Harem Scarem” donde se pudo apreciar el único punto negativo de la noche: la acumulación de solos de cada uno de los miembros. A pesar de que el rock progresivo sea un género que se base, casi diría de manera estereotípica, en la habilidad técnica de sus intérpretes y en la complejidad de sus composiciones, aquel que no esté de verdad interesado en lo primero bien se podría haber hartado de los solos de guitarra, flauta y bajo en medio de las canciones. Aunque sé que es tanto una manera de cumplir con los requisitos del género como para darle un descanso a Thijs, que se retiró del escenario durante un par de minutos y volvió para quedarse parado en medio de los parpadeos de luces en una muestra de dramatismo casi admirable. A veces, me gustaría que hubiera más espacio para la canción en sí.

Ya para ir cerrando el set, aunque de manera provisoria, los primeros acordes de “Hocus Pocus” hicieron el público abandonara por un momento la contemplación fija de las composiciones y se entregara al hábito argentino de corear, aunque sea por un momento, los riffs de una de las composiciones más pesadas y, al mismo tiempo, más accesibles de la banda. En el medio, el frontman se dispuso a presentar uno por uno a sus compañeros de banda y al ingeniero de sonido de la noche, dando lugar a un solo de batería de parte de Pierre van der Linden, que se dispuso a golpear cada parte de su platillo, redoblante y cuanta cosa hubiera en su batería, con una precisión impresionante para sus 70 años. Luego de esa nueva muestra de virtuosismo, el grupo retomó la canción justo donde la habían dejado, cerrando junto a los aplausos de la audiencia.


La salida del cuarteto dio paso a los cantos clásicos de todo recital, y después de algunos minutos el grupo volvió a escena. El primer bis fue “Focus III”, directo desde el álbum doble del mismo nombre, y al que siguieron con “Answers? Questions! Questions? Answers!”, composición con la que completaba el segundo lado de aquel álbum de 1972. Con una improvisación en el medio de la canción y con la invitación de Thijs van Leer a que la gente se sumara a una firma de discos después del recital, la banda puso punto final a su cuarta y, por lo que parece, última presentación en suelo argentino.

Dos horas de recital pueden parecer una enormidad, pero Focus logró que ese tiempo se sintiera mucho menor, a fuerza de oficio y calidad. Aunque en cierto punto los solos fuera de un contexto cancionero rozaran peligrosamente con esa pretenciosidad que tanto se le suele achacar al género, lo cierto es que todo lo demás superó cualquier expectativa, ya fuera desde el lado de las interpretaciones, la comunicación con el público o, incluso, desde el tema del sonido mismo. Si esta de verdad fue la última visita de la banda de Ámsterdam, de seguro que muchos estarán de acuerdo en que la vara quedó muy alta y que todo cerró con broche de oro.

Crónica: Martín Cirilio


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