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PH: Pablo Gándara
Seamos honestos: ir a un concierto de metal es jugársela. Los que lo hemos hecho ya unos cuantos cientos de veces sabemos que, en lo que a calidad del show se refiere, nada te garantiza nada. Ni la índole del recinto elegido ni las tablas de los músicos; ni la inversión en producción ni el renombre de el o las bandas; y mucho menos, muchísimo menos me atrevo a decir, lo buenos que sean los discos de el o los grupos que se suban al escenario. Los motivos de tal incertidumbre, de que asistir a una descarga en vivo de grupos que apuesten por la distorsión y el virtuosismo sea un tirar una moneda al aire, son muchos y muy variados; pero podríamos simplificar la cuestión diciendo que el metal suele ser una música, escrupulosamente preciosista en estudio, difícil de llevar al directo porque todas y cada una de las piezas del engranaje juegan un papel importante. Y a la que una de éstas falla, a la mierda el dinero de tu entrada y tus expectativas de emoción a flor de piel.

Sobre el cartel, lo que nos esperaba en la sala Bóveda (antigua Mephisto) de Barcelona el pasado 12 de octubre, dentro de la gira española de Firewind, prometía. Ya conocéis el respeto que transmite al que esto escribe el conjunto griego (y si no lo sabéis podéis hacerlo a través, sin ir más lejos, de la entrevista publicada en este mismo medio algún tiempo atrás). Conociendo, además, que los powermetaleros estarían teloneados por unos prometedores Raven’s Gate y unos ya consolidados Guadaña, podría haberse dado el caso de que el fotógrafo y el redactor enviados a cubrir el evento fueran con grandes expectativas sobre lo que les deparaba la noche; pero, como he apuntado, vamos siendo perros viejos y no somos de hacernos ilusiones. ¿Salió cara o cruz esta vez? Pues la moneda en esta ocasión calló de canto. Os lo explico.

Este cronista debe reconocer que, ya antes de acceder a la sala (por cierto, feo eso de que nos hagan hacer la cola a los de prensa y que ni nos den una entradita de recuerdo), la lucha entre los virus gripales que poblaban su organismo y la convicción de que Firewind se han ganado, con su música, el derecho a tocar en localizaciones con más aforo (aun así en esta ocasión ni siquiera se llenó el Bóveda) consiguieron plantar un prejuicio en su ánimo que podría resumirse con la frase que el President de Catalunya le espetó recientemente al Rey de España tras la alienación sin fisuras de éste último con el Statu Quo imperante: “Así NO”. Por desgracia, la actuación de los valencianos Raven’s Gate no ayudó a despejar esa negatividad preconcebida (ni la cerveza a mitigar los síntomas virales). Lo vivido durante la descarga de la mezcla de influencias clásicas+death+black+power+doom+unmontóndecosasmás que manejan estos chicos multiplicó ese NO asemejándolo a aquello que cantaba Amy Winehouse en respuesta a los que pretendían que se rehabilitara: “NO, NO, NO…”. Y que nadie me malinterprete. Repasando sus dos discos en estudio cabe admitir que su propuesta musical, si bien tal vez peca de revoltijo, no es del todo desdeñable, especialmente cuando tiran de riffs y ritmos oscuros y pesados. Pero es que NO había teclista (una de las bases de su música, por lo que en este caso no es perdonable), la puesta en escena NO motivaba especialmente (basta ya de clichés – caras pintadas y cuero negro incluidos – en el metal, dejemos de lado de una puta vez los uniformes, centrémonos en el mensaje, aunque sea el musical) y, lo más grave, NO se entendía una mierda. El sonido fue nefasto (a pesar de ir claramente de menos a más, no llegó a ser ni admisible). Dicho todo esto, y ya que la formación lleva poco más de un lustro buscando su sitio, apostemos por darles un voto de confianza y por destacar la enorme energía que pusieron todos los integrantes (especialmente Arturo Megamuerte – sic -, su cantante), espoleados sin duda por la oportunidad que para ellos debe haber supuesto girar con la banda de Gus G., otrora guitarrista de Ozzy Osbourne (dejaremos para otro día una reflexión sobre hasta qué punto es deseable, cuando una propuesta artística no funciona y el público se muestra más bien frio y confuso, tirar de rabia y postureo en detrimento de intentar solucionar los problemas técnicos).

Ya he dicho antes, a riesgo de parecer vacilón y/o pureta, que conciertos he visto muchos. Pues bien, aun así, a día de hoy sigo sin entender cómo puede variar tanto la calidad del sonido de un grupo a otro en una misma noche. Teorías las hay (que si el técnico, que si el equipo de sonido, que si lo quisquillosos que son los músicos con sus preferencias individuales, que si una mezcla de todo lo anterior), pero ninguna me convence. El caso es que, centrándonos ya de nuevo en la noche de marras, si Guadaña se convirtió, bajo mi punto de vista, en la banda triunfadora de la noche, fue, en gran parte, gracias a que fueron los únicos que supieron hacer totalmente audible su propuesta musical y, por ende, que el público entendiera su arte. Ya minutos antes de que empezaran a tocar, mientras Juanma Patrón (ojito a este guitarrista, que lo mismo te hace un sólo huyendo de lugares comunes que se convierte en el mayor defensor del clasicismo melódico) probaba la afinación de su instrumento riffs mediante, pudimos intuir que el salto cualitativo en el aspecto sonoro iba a ser considerable.

Los gaditanos venían a presentar su último disco, Karma, lanzado a principios de este mismo año (siete de los nueve temas elegidos pertenecieron al mismo). Y, para hacerlo, optaron por una puesta en escena que, si bien también tiraba de imagen, lucía mucho más actual y elegante que la de sus antecesores (siempre bajo mi prisma y según mis gustos, por supuesto). La mezcla en su atuendo de ropajes típicos de la escena metalera con detalles como las corbatas o chalecos en el caso de algunos de los integrantes, por lo menos resultaba relativamente novedosa y estimulante (el aspecto de Pablo Casas, el batería, me recordó, para que os hagáis una idea, a su homólogo en los Gun'n'Roses pre-pseudo-reunión, Frank Ferrer). Gloria Romero, voz femenina de la banda, lucía imponente, igual que lo hiciera su voz durante toda la descarga, que comenzó, como era de esperar, con esa declaración de intenciones (humildad, trabajo y constancia) que es el primer corte de su nuevo redondo: “Aún sigo en pie”. Un tema perfecto para calentar y meter en vereda al público y que da mucho espacio para el lucimiento del bajista, el jerezano Juanlu Ripalda, cuya sonrisa perenne (no le abandonaría una hora después mientras disfrutaba de los cabezas de cartel entre el público) delataba el goce que supone para él haber sido el escogido para sustituir a Nael Martín (quien abandonó la formación meses atrás al no ser capaz de compaginar su trabajo con lo que, lamentablemente y como para tantos otros, no deja de ser una afición para este grupo: es decir, la música). Y qué explicaros de la otra voz del grupo, Salva Sánchez. Pues que me viene al pelo que apareciera (no sé el motivo) con bastón pues, entre la bestialidad y el placer que suponen para cualquier oído su manera de cantar y su particular postura corporal unidas a una muy curiosa forma de moverse me recordaron, y en este caso es un alago, a nuestro querido Rob Halford. Así, desgranando la mayoría de canciones de Karma (incluidos trallazos asequibles como “Como hermanos” o “Némesis”), entre las que se colaron “Yo soy la ley” y “Como hermanos” (Deryaz, 2014), completaron un acertado setlist al que, como neófito admirador del grupo, únicamente podría ponerle el pero de contribuir al maltrato de la palabra ‘Revolución’ (esta mañana he escuchado una cuña de radio que la utilizaba para vender cápsulas de café, así nos va) en una de sus canciones más festivas (investigad y sacad vuestras conclusiones). Por lo demás, ese género entre el metal clásico español (pienso en Saratoga), el metal sinfónico (vislumbro a Épica), el alternativo (huelo a Hamlet) o, incluso, el Nu Metal (rememoro a Linkin Park) encandiló gracias, como ya hemos dicho, a un sonido perfecto, una ejecución pulcra y una innegable capacidad del grupo de crear y hacer llegar himnos. Se les despidió con cariño y pasión. Se lo habían ganado.

Mientras algunos aprovechábamos para tomar el aire en el exterior de la sala, los ejercicios de calentamiento vocal de Henning Basse (reemplazo de Apollo Papathanasio, anterior cantatante de Firewind) desde el camerino nos avisaban (cosas de las salas pequeñas) de que el supuesto plato principal de la noche no tardaría en estar servido. Así, unos minutos después, estaríamos intentando disfrutar de alguno de los cortes (la épica “Ode to Leonidas” y la contundencia de “We Defy”) del último disco del combo, Immortals, seguidos de una de sus composiciones más inspiradas y queridas, “Head up high” (The Premonition, 2008). Y digo ‘intentando’ porque, a pesar de que Firewind es uno de los grupos más creativos y elegantes a la hora de fabricar temazos powermetaleros de inspiración clásica, y de que todos los miembros son musicazos que se dejan el alma encima del escenario, hay cosas que no debemos dejar pasar cuando hemos pagado por un espectáculo. Me estoy refiriendo, en este caso, a la horrible ecualización de la voz del alemán del grupo. Os puedo asegurar, gracias a la proximidad del escenario y a la escasa asistencia, que permitían aproximarse a cualquier ángulo de las tablas y observar con cercanía, que no fue un problema ni de ejecución por parte del vocalista (desde el lateral libre se le podía oír dándolo todo) ni de falta de insistencia del mismo, gestos hacia la mesa de sonido mediante (que no cesarían en todo el show). Pero el desastre no se subsanó y eso, por parte de los que asistimos a la llamada en parte por volver a disfrutar de una de las voces más respetadas de la escena desde sus tiempos en Metallium, resultó un auténtico chasco.

Por suerte, Firewind tiene ganada de antemano una de las claves del éxito musical, sin duda la más importante: la calidad de sus canciones. Por eso, durante la ejecución de la homónima “Between Heaven ande Hell” (2002), la nueva “Back on the Throne”, las rescatadas “World on Fire” (Days of Defiance, 2010) y “Fire and the Fury” (Burning Earth, 2003) o las también actuales “Hands of Time” y “War of Ages”, el público prefirió perdonar los problemas de sonido de la voz principal y echarles un cable a los músicos coreando gran parte de sus letras. Suerte también que con la balada del Immortals, “Lady of a Thousand Sorrows”, el voceras, aprovechando la menor distorsión instrumental, pudo resarcirse y demostrar que si a alguien habría que descontarle el jornal de esa noche era al técnico y no a su persona.

¿Y qué hay del resto de músicos? Impecables. Gus G. es un pulcro virtuoso y un magnífico compositor que, además, se ha convertido en una estrella (el menda tenía a un currito agazapado tras su ampli, encargado únicamente de proveerle de agua fresquita y de que no se le desconectara el cable de su guitarra); Petros Chriso (bajista) y Johan Nunez (baterista y pura energía) son metrónomos humanos que además se dejan la piel, y Bob Katsionis no sólo alterna con naturalidad y maestría la segunda guitarra y el teclado, sino que en el sólo de este último instrumento ejecutado entre “Mercenary Man” (2008) y “I am the Anger” (2003), se animó incluso con un fragmento del “Concierto de Aranjuez” (Joaquín Rodrigo, 1939).

No tardaron en llegar los bises. “Live and Die by the Sword”, una auténtica obra de arte que ilustra la diferencia entre hacer Power de calidad y escribir canciones para los autos de choque y, ya con la gente desatada, la imprescindible “Falling to Pieces” (Alliegance, 2006), cerraron una noche ambigua y desigual.

Mientras nos dirigíamos hacia la salida, no pude evitar volver a plantearme un par de cuestiones a las que todavía no he conseguido dar respuesta:

¿Es de recibo despedir con aplausos a un grupo que ha descuidado uno de los aspectos fundamentales de una presentación en vivo como es la voz?

¿Somos realmente los metalheads personas puristas y exigentes con nuestros artistas preferidos o nos acercamos más a la odiosa palabra fans, es decir, fanáticos que perdonamos errores garrafales con tal de tener cerca a los músicos que admiramos?

Seguiremos investigando.


Crónica: Quim Heras
Fotografía: Pablo Gándara



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