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Foto: difusión


Se puso los lentes de sol, probablemente estaba con su ropa de cuero negro, con un poco de colores, pisó el acelerador y manejaba a tal velocidad por el Sunset Strip de Los Ángeles. Era 1986, la policía no le iba a decir nada. De pronto suena el recién estrenado "Turbo Lover" de Judas Priest que puso el dj de la estación. Sonríe, alza el volumen y empieza a corear la canción, varios lo miran mal, pero no le importa, él en verdad es el vocalista.


Rob Halford recuerda vívidamente esa escena, la primera vez que escuchó "Turbo Lover" por la radio. No se pudo sentir más orgulloso. Exhibiendo su Mustang convertible declaró: "puede que hice cosas de posers, pero fue una de las sensaciones más increíbles".

Había pasado ya 15 años de su vida en Judas Priest, pero perdido en el mundo de las drogas y sustancias ilegales, concurriendo a los famosos clubes nocturnos. Este disco marcó el punto más bajo de su vida. "Fue una etapa oscura de mi vida, debía ordenarme", dijo el vocalista.

La banda estaba en lo mismo, empezábamos a trabajar el disco desde las seis de la tarde, pero a las ocho traían el gin tonic y se terminaba la sesión. Un día de esos tenían que ir a grabar a las Bahamas, pero se escuchó una voz decir: "vamos a Miami". Una buena idea respondieron los demás, no habrá distracción dijeron... 

Lo bueno vino poco después, la base de operaciones de la agrupación se mudó a Los Ángeles. Ahí fue donde Halford buscó ayuda, para rehabilitarse. "Lo más importante fue el entender que la música es lo más importante en mi vida y no necesitaba de sustancias químicas para hacer lo que tenga que hacer", declaró.

Era una etapa próspera no solo para los Priest, sino también del metal en general. El éxito comercial estuvo asegurado desde que Roland tocó sus puertas para que prueben su nueva maravilla: el sintetizador de guitarras. 




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