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PH: Emilio Delirio
Casi todos los estudios mínimamente serios sobre una música tan denostada por el mainstream (amén) como es el metal suelen coincidir (respaldados, además por las opiniones de los grandes popes del género): ni los orígenes ni el mantenimiento de nuestra música preferida pueden explicarse sin la necesidad de sus creadores y, especialmente, de su público potencial de convertir su escucha, especialmente en directo, en una catarsis, en una especie de exorcización de la rabia, los demonios, los conflictos internos, las inseguridades, las dudas y, porque no decirlo, en un gran rito pagano (una puta fiesta, vamos) de los escuchantes. Por eso, cuando el pasado sábado, antes de arremeter con los primeros acordes de “A morir”, apenas el cuarto tema de la velada, el actual cantante de Saratoga, Tete Novoa, soltó algo como “esto no es un concierto: esto es una puta fiesta que nos vamos a pegar”, no pude evitar tragar algo de escepticismo debido a mi poca fe en la entrega del público metalero actual (particularmente el catalán, no nos engañemos), más pendiente, como he apuntado en otras crónicas (perdonad si me repito), del selfi de turno que de dejarse llevar por la emoción y el desenfreno (tirar fotos y bailar no tendrían por qué ser incompatibles, pero pareciera que lo son). No voy a decir que cualquier etapa fue mejor porque todavía soy joven y me estaría auto dilapidando en vida, pero cuando en los baños escuchas conversaciones sobre cómo prepararse bien para una maratón y, durante la (extrañamente larga) espera hasta que los de Madrid decidieron saltar al escenario, observas a algunos allegados viendo videos de gatitos a través de la pantalla de su celular, es difícil no pensar que esto no hay quien lo remonte. No voy a ser yo quien diga que todo era mejor cuando en los lavabos sonaban sospechosas aspiraciones nasales o cuando mientras hacías tiempo a que el grupo de turno comenzara su espectáculo nos dedicábamos a tirarnos birras los unos a los otros. Ni tanto ni tan calvo. Pero sí que echo de menos algo de sangre caliente en las nuevas generaciones durante los shows. Su preferencia por el visionado estático, junto al lógico bajón de energía de los que ya tenemos las cervicales cascadas del headbanging, contribuye a que, en demasiadas ocasiones, los conciertos resulten fríos y no acabe de haber una buena comunión entre las ganas que le ponen los músicos y la respuesta de la masa. Así que la sentencia de Novoa, habiendo asistido ya a tres impecables y atronadoras performances de otras tantas canciones de su disco del 2002 Agotarás (al que rendían tributo abriendo la noche con su ejecución íntegra), en las que, una vez más, el público parecía ausente, me sonó a errada profecía. Craso error.



La cosa prometía desde el principio. Hacía tiempo que el que esto escribe no veía una entrada tan decente en la Salamandra. Saratoga celebraba, no lo olvidemos, no sólo los 15 años de la publicación de Agotarás, sino también 25 años de carrera. Eso, sumado a la posibilidad que ofrecieron a sus fans de asistir a algunas canciones previas pagando un extra como Vips en su entrada (no pudimos acudir, pero sé que la cosa funcionó), animó al personal a casi llenar la mítica sala del Hospi. Y ya cuando se nos dio entrada a los que asistimos con un tiquete simple, a pesar de un pequeño retraso, el bolo comenzó de una forma inmejorable. No está Agotarás entre mis discos preferidos del combo, pero hay que reconocer que algunas de sus canciones tienen mucho gancho y que la ejecución y el sonido resultaron impecables desde el principio, cuando la intro 11901 dio paso a la painkillera y anti pena capital Con mano izquierda, seguida de la powermelódica de temática medieval Tras las rejas y la ya citada A morir. Antes de que esta terminara y la, a la postre, profética frase de Tete ya comentada llevara mi atención hacia el público y el pesimismo hiciera acto de presencia, me dio tiempo a comprobar que:

- Niko del Hierro, con su pose a lo Joey DeMaio y se técnica a lo Steve Harris tiene más tiros pegados que un cazador con párkinson.

- Jero Ramiro, a pesar de los problemas de espalda que le llevarán a descansar y tratarse durante la fase americana de la gira del grupo (será sustituido por Alberto Rionda), es un fuera de serie incapaz de errar una nota.

- Dani Pérez (quien en la parte final del show se marcó un solo conciso y elegante) es un digno heredero de la escuela Roberto Castresana (a pesar de las diferencias de estilo)

- Y que Tete Novoa… Mmmmm… Mejor dejamos lo de Tete para el final.

- Y que dentro del grupo impera un buen rollo y una complicidad sin los que cualquier banda debería pensarse lo de seguir adelante.

La descarga del celebrado disco siguió (siempre rallando la excelencia) respetando escrupulosamente el orden de los tracks del plástico, es decir con: la vocalmente ultra exigente (pacieeeeeencia, hablaremos de eso) Las puertas del cielo, la animalista El gran cazador, Oscura la luz (exigencias intestinales hicieron que me la perdiera), y Rompehuesos (lo siento, seguía sentado).

Volviendo del W.C. (en el que viví una surrealista conversación que mejor dejo para mis memorias – una pista: “Aquí huele a perfume y debería oler a cerveza”), comprobé que, felizmente, el público había empezado a animarse, por lo menos a cantar con un poquito más de ganas que al principio. Desde ese momento hasta el final, la implicación y la energía del respetable no hizo más que crecer. Pareciera que la siguiente descarga, la balada Parte de mí, cantada con enorme sentimiento, conectara definitivamente las energías de los que estaban encima y debajo del escenario y la comunión se hizo patente durante los cinco temas restantes del Agotarás: Viaje por la mente, cuyo estribillo, a pesar de parecerme facilón y hasta desdeñable, fue coreado con ganas; Mercenario, mi preferida del LP en cuanto a calidad musical; Doblan las campanas, una lección de buen gusto baterístico con un solo de guitarra de los que crean afición; Resurrección, durante la cual Novoa se volvió totalmente loco dejando salir a la bestia, y Ratas, cantada desde la barra del bar ante la flipada mirada de los camareros. Buen momento, antes de desgranar los vises, para hablar del cantante:

Tete Novoa fue el elegido, ya hace algo más de 10 años, para sustituir al que era, y todavía hoy es, uno de los mejores cantantes del panorama metalero por estas latitudes (y tal vez por otras), Leo Jiménez. Relevar a un menda que lleva tatuado en el vientre, y con toda justicia, el sobrenombre por el que es conocido en el circuito (La Bestia), no debió ser fácil. Pero es que, si uno es la bestia, el otro es El Animal. Bastaría decir que hacía tiempo (tal vez años), que no veía a un cantante de tesituras agudas defender tan bien sobre el escenario unos temas tan exigentes. Y menos aún hacerlo tan sobrado, sin perder nunca la sonrisa; con tan pocas ayudas desde la mesa del técnico, contaditas y bien lanzadas; y dando una lección de energía, tesón y, sobretodo, insistencia en su misión: conseguir, más allá de cantar bien, que aquella sentencia que a mí en un principio me pareció ingenua y hasta temeraria, se convirtiera en realidad y el público, a estas alturas de la noche ya metidito en el bolsillo del frontman, se uniera a él en lo que sí que acabó siendo una puta fiesta. Tete se ha definido en alguna ocasión, medio en serio medio en broma, como un metrosexual. Se cuida y se cuida mucho. Pero, más allá de etiquetas, reconozcámoslo, si no llevas una vida sana y miras por tu voz, no podrás defender en directo cierto tipo de canciones.

Y qué mejor manera de aprovechar, ahora sí, la comunión entre escuchantes y ejecutantes, que repasar, con la elección de una canción de cada uno de ellos, el resto de lanzamientos (únicamente se quedó fuera Tierra de lobos, del 2005) de la curtida banda. Tras el ya mencionado sólo de Dani fueron cayendo, también en orden de publicación: Grita (Saratoga, 1995), Perro traidor (Mi ciudad, 1997), Vientos de guerra (Vientos de guerra, 1999), Maldito corazón (El clan de la lucha, 2004), El vuelo del halcón (VII, 2007), No sufriré jamás por ti (Secretos y revelaciones, 2009) y la más reciente Como el viento (Morir en el bien, vivir en el mal; 2016), que cerró un show EXCELENTE (no suelo usar esta palabra) y una boca (la mía) que no las tenía todas consigo.

He criticado (y seguiré haciéndolo) en más de una ocasión, el postureo del metal. Opino que ya va siendo hora de que demos carpetazo al cuero y a las tachuelas y nos centremos en la música y en el mensaje. Sin embargo, debo puntualizar que, como para cualquier cosa en la vida, especialmente en las artes, para destacar hay que tener aquel quiénsabequé que diferencia a los mediocres de los que sobresalientes. Saratoga, sin duda, forma parte de este último grupo y, a pesar de las poses, de los pañuelos atados en los micros, del confeti (que fue regando el suelo desde las primeras canciones), de los músculos, de algún que otro gesto algo machista, y de otras consideraciones que, en principio, deberían lastrar el espectáculo para personas con mi tipo de sensibilidad, a estos tipos se les perdona porque LO QUE HACEN, LO HACEN DE PUTA MADRE. Esperemos que duren muchos años.



Crónica: Quim Heras
Fotografías: Emilio Delirio



            
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