Camino de Pozal de Gallinas (enclave de la primera edición del Galia Metal Fest) desde Medina del Campo (última etapa del periplo que llevaría a este cronista desde su ciudad, Barcelona, hasta el pabellón municipal en el que una veintena de grupos nacionales y foráneos habían sido citados para descargar su arte), las brujas hicieron acto de presencia. Entendedme: si hubo algún aquelarre, yo no lo vi; aunque todo concierto de metal tiene algo de fiesta pagana y mucho de magia, a veces blanca, a veces negra, muchas otras gris… En este caso, sin embargo, al decir brujas me refiero a las barrillas, esas bolas de escombros, formadas en su mayor parte por ramas secas, y que habréis visto desfilar infinidad de veces en las áridas tierras de los westerns cinematográficos. Sin duda, el hecho de que ese icono popular se materializara delante de mis narices unas cuantas veces en apenas 5 quilómetros, puede ser entendido como un presagio de lo que se nos venía encima: ciclogénesis explosiva se llamaba el fenómeno. O para no iniciados en la meteorología: un viento que tumbaba, un frio de la ostia, y una lluvia apocalíptica. Es lo que tiene el mes de marzo. Una auténtica lástima porque, a pesar de que los conciertos se celebraban bajo techo y que los chicos de Kivents hicieron un gran trabajo organizativo para que todo funcionase como debía (incluido, por supuesto, un cartel que ya quisieran muchos para sí), es más que probable que las circunstancias descritas contribuyeron a que la cantidad de tickets vendidos (no dispongo de una cifra exacta pero rondaría los dos centenares), por lo menos durante la primera jornada, no fuera la que el evento en sí hubiera merecido. Nunca he tenido la oportunidad de presenciar alguna de las ya trece ediciones del Atalaya Rock, festival gratuito que se celebra exactamente en el mismo emplazamiento; pero sé de buena tinta, que para eso contrastamos las informaciones, que el pabellón se pone a reventar durante esas jornadas. Vale, que estamos hablando de una fiesta gratuita y en el caso del Galia Metal Fest hay que rascarse un poquito el bolsillo, pero qué queréis que os diga. La relación calidad-precio es excelente (también en la barra y en los puestos de merchan), lo que me hace jugármela y apostar a que, si los organizadores no se amedrentan y siguen insistiendo, en unos años estaremos hablando de un festival de referencia dentro de los non-mainstream fests de nuestro país. Al tiempo. Sólo hace falta que vosotros, metaleros de pro que aguantáis hasta las chapas de este escribiente, os dejéis de ostias, metáis ropa de abrigo y un buen chubasquero en el capazo, y demostréis que estáis hechos de acero y que por vuestra sangre corre cerveza, aunque esté bien fría.
Pero vamos al meollo, es decir, a la música. Cabe apuntar, antes, que ésta no es una crónica festivalera al uso. Quiero decir que, por cuestiones de agenda y circunstancias personales, sólo pude asistir a algunos de los conciertos del viernes. Es por eso, y aprovechando que Rage (uno de mis grupos preferidos) no tiene previsto por el momento actuar este año en la ciudad condal, nos centraremos a lo largo de las siguientes líneas en desgranar la más que estimulante (como siempre que los he visto) actuación que ofrecieron el día 23 los incombustibles teutones. Dedicaremos algo de espacio también, al final de la pieza, a los grupos que tocaron inmediatamente antes (Stormwarrior) y después (Stravaganzza) que ellos.

Lo sucedido en el seno de la banda alemana durante el último lustro tiene un diagnóstico claro: “vuelta a los orígenes”. Ese temido cuadro sintomático, que en muchas otras ocasiones sirve para enmascarar la falta de creatividad o de ventas de algunos combos que se resisten a asumir que su tiempo ha pasado, es en esta ocasión una enfermedad benigna. La disolución de la formación más estable y fructífera del grupo hasta la fecha (con la salida del batería Mike Terrana en 2006 y el posterior abandono del guitarrista Victor Smolski, en ambos casos cruce de declaraciones dolientes incluido); la puntual aventura del bajista, voceras, fundador y alma mater Peter “Peavy” Wagner con la formación clásica de finales de los ochenta bajo el nombre de Refuge; y los dos discos grabados hasta el momento con la actual formación (Marcos “Markitos” Rodríguez a las seis cuerdas y Vassilios “Lucky” Maniatopoulos tras los parches), en los que el grupo deja de lado (por el momento) la parte más ampulosa y sinfónica para elaborar composiciones en la onda “Black in mind”, es decir, cañeras y directas, no ha desembocado ni en una banda funcionando con el piloto automático ni en unos lanzamientos que produzcan vergüenza ajena. Tal vez “The Devil Strikes Again” (2016) y “Seasons of the Black” (2017), no estén entre los 5 mejores discos de las ya 24 obras de estudio de Rage, pero son trabajos más que estimulantes y que dejan entrever un futuro prometedor. El show presenciado dentro del Galia y, especialmente, el setlist elaborado para la ocasión, no hace más que corroborar la tesis apuntada: hay Rage para rato y de momento prima la caña y la intensidad. Además, tras tanto dime y direte entre el líder y sus antiguos compañeros, a través de las cuales pudimos entender que en ningún momento fueron amigos sino únicamente compañeros (y a veces ni eso), ver al orondo cantante abrazarse con el resto de los músicos antes de saltar al escenario (privilegios de los pases de prensa), emociona.
Tras la intro de rigor que sirvió para que los músicos fueran apareciendo y siendo ovacionados, la descarga no podía empezar de otra manera: con un tema de su último lanzamiento. El elegido fue el anti pena capital “Justify” (recordemos que el late motiv de dicho plástico son los errores y las atrocidades del género humano), que sirvió para que los músicos engrasaran la maquinaria, especialmente “Peavy”, cuya voz siempre ha requerido de un tiempo de adaptación para sonar como debe. La siguiente canción, la primera de las apenas dos de la etapa Smolsky que sonarían a lo largo del show, corrobora lo apuntado en el párrafo anterior: “Great old ones” (“Soundchaser”, 2003) es una de las composiciones más old Rage de la etapa en la que el hacha ruso militó en la formación. Unas líneas vocales exigentes permitieron al voceras empezar a experimentar con sus tonos actuales y recordarnos que, si bien nunca ha sido un vocalista excelente, se deja el alma en cada fraseo (lengua fuera en los agudos incluida) y eso es de agradecer. No tardó Wagner en hacer referencia al frio que hacía por esas latitudes: “Is fucking freezy here in Spain” (lástima no ser un buen fotógrafo porque era impagable ver cómo el vaho salía de su calva mientras él seguía a lo suyo). Le llega el turno a uno de los momentos álgidos de la velada, con la descarga consecutiva de dos temas del grandioso “Black in Mind” (1995): la speedica e hímnica “Sent by the Devil” y la más pausada pero igualmente memorable “Shadow out of time”. El primer acto del concierto fue coronado con la (en mi opinión) algo insulsa “My Way”, del EP de mismo nombre y la orgásmica “Nevermore” (“The missing link”, 1993). Un repaso, desde la actualidad hacia el pasado, de algunos de sus temas más metálicos y exitosos, obviando (como ya hemos explicado que los propios pasos de la banda a lo largo de los últimos años han dado a entender) las composiciones orquestales – sospecho que algún problema de derechos también debe de haber – y marcando ya desde el inicio la senda que el resto del show seguiría: tralla.
            Hagamos un inciso antes de seguir. He podido asistir a bastantes conciertos, tanto de Rage como de Refuge, y debo decir que NUNCA me han decepcionado. Pero todavía no había podido comprobar el funcionamiento de la banda con los músicos actuales. ¿Veredicto?: Peavy Wagner es perro viejo. Ha encontrado un guitarrista insultantemente competente, que lo mismo construye riffs propios endiabladamente contundentes, que se pone el traje de Smolski, Schmidt o cualquier miembro anterior para defender composiciones antiguas sin despeinarse. Además, disfruta y alienta al personal, algo que a “Peavy”, que lleva en esto más de 30 años, pues tal vez ya no le apetezca tanto como antaño. Y qué decir del batería. A día de hoy hay muchos y muy buenos, pero ahí el de la barba trenzada también se ha marcado un tanto. El muchacho tiene técnica, pegada, velocidad, creatividad y, lo más importante en este caso, se adapta perfectamente a las diferentes épocas musicales de la banda. Lo dicho, otra gran formación para Rage.
            Los cuervos anuncian la vuelta al presente y suenan los acordes, clásicos y modernos a la vez, de “Seasons of the Black”, una composición que contiene uno de los mejores momentos de la que vamos a llamar nueva era del grupo: el solo, en el que los tres instrumentistas se lucen recordándonos que, por mucho que nos gusten las guitarras dobladas a lo Judas Priest, la esencia del rock’n’roll está en el trio. Curioso: saltamos 20 años atrás en el tiempo y, a la par que doblamos las guitarras, las revoluciones bajan y la melodía se hace mucho más presente que hasta el momento. Es el turno de “Deep in the Blackest hole” (“End of all days”, 1996) y, claro, hablamos de la franja de la historia de nuestra música de cabecera en la que Metallica y su “Black Album” dominaban el mundo e influenciaban al más pintado, pero también de la etapa en la que el power metal europeo empezó sus años de gloria (el 97 sería el no va más para el género). Con este disco Rage supo combinar ambas corrientes y esta pieza suena que da gusto en directo. Se entiende también que la elegida para continuar la velada sea “The final Curtain” que, si bien data de hace un par de años, podría haber sido gravado en cualquiera de los discos grabados con Spiros Efthimiadis y Sven Fischer a las guitarras, es decir, entre 1994 y 1999, como fuera el caso del “XII” (1998), que incluye la siguiente elegida, “Turn de page” (en la que empiezo a notar la voz de Wagner cansada) o el ya repasado “Black in Mind” del 95, en esta ocasión con la interpretación de “Price of War”. Si Nietzsche levantara la cabeza, estaría orgulloso de su eterno retorno. “Straight to hell”, una de las composiciones firmadas en la época Smolsky por Wagner, y encabida dentro del reivindicable “Welcome to the other side” suena imponente, especialmente en su sección rítmica, y cierra una segunda parte del espectáculo engrasada y con la peña ya animada. Lástima que “Peavy” empiece a perder voz. Pero es que van ya 12 descargas del tirón, con pocas pausas, las justas para que el líder salude y bromee, y, además de su ya avanzada edad, ya hemos dado a entender que Wagner, a pesar de ser un trabajador incansable y de ponerle todas las ganas del mundo, nunca ha tenido una técnica de canto impecable. Aun así, todavía queda tiempo para que suene lo más parecido a un clásico que han grabado estos señores desde que están juntos, “Blackened Karma” y, tras el clásico amago de fin de show, la banda vuelva al escenario para deleitarnos con tres fantásticas sorpresas: “Don’t fear the Winter” (“Perfect Man”, 1988), con la que Wagner aprovecha para recordarnos y reivindicar su papel en la, en sus propias palabras, Stone Age del heavy metal ; un inesperado medley homenaje a Dio en el que el guitarrista se suelta como cantante; y una imprescindible “Higher tan the Sky” que todavía hoy resuena en nuestros oídos. Un final inmejorable.
Ya he dicho que Rage nunca me han defraudado en directo. Me lo he pasado muy bien en sus shows y este, a pesar de la economía de medios de un festi neonato y de la austeridad de puesta en escena (y del ya insinuado envejecimiento de la voz del frontman), no ha sido una excepción. Sin embargo, y nunca mejor dicho dada la que estaba cayendo fuera, nunca llueve a gusto de todos: el grupo originario de Alemania es uno de los más trabajadores y constantes en cuanto a lanzamientos y giras se refiere. Desde que empezaran bajo el nombre de Avenger en el año 85 del ya pasado siglo, han sido contadas las ocasiones en que no han sacado su disco anual y/o han salido a la carretera de una manera habitual. Dada la inagotable fuente de inspiración de la que parece beber Wagner y la calidad de todos los músicos que han ido circulando en el seno de la banda, eso significa una cantidad de himnos y de excelentes piezas inabarcable en un show de una hora y media de duración. Personalmente no sabría por cuál de las etapas del combo decantarme, pero sí que puedo decir que la iniciada con el lanzamiento de “Lingua Mortis” en 1996, la que hizo de la banda algo diferente a sus inicios, incluyendo la parte sinfónica, me parece por lo menos igual de estimulante que otras en más hevies o menos progresivas. Por eso espero y deseo que, en un futuro no muy lejano, y a pesar de disfrutar de este tipo de conciertos más crudos, podamos ver de nuevo encima del escenario un montaje que nos permita disfrutar también de aquellas canciones de la que he llamado en esta crónica era Smolsky. Me da igual lo que tengan que hacer para lograrlo: arreglar problemas legales, invertir en más medios técnicos y humanos o hacer un pacto con el diablo del que tanto hablan en su penúltimo lanzamiento. Lo que está claro es que hay canciones entre el “Ghosts” (1999) y el “LMO” que merecen que los egos y las disputas sean dejadas a un lado para que nuestras siempre hambrientas orejas alimenten nuestros sentidos.
            Ya que tuve la oportunidad de asistir a un par de conciertos más, y como he prometido antes, ahí van un par de consideraciones rápidas:
-          Stormwarrior: los también alemanes powermetaleros se las arreglaron para, en apenas una hora de concierto, celebrar sus 20 años de carrera, calentar al personal para los platos fuertes de la noche y, mientras esperamos al sucesor de su “Thunder and Steele” (2014), recordarnos porque son una de las pocas bandas que siguen en boga a pesar de practicar un género tan manido y ultraexplotado. Buena ejecución, dobles bombos a doquier, melodías coreables y una profesionalidad destacable dada la escasa concurrencia a esas horas de la tarde.

-          Stravaganzza: respeto sobremanera a Leo Jiménez por varias y diversas razones. Es uno de los mejores vocalistas en su registro, y no sólo de España sino del resto de la escena metálica mundial; en directo es una animal, una bestia, tal como lleva tatuado en su abdomen; ha militado en Saratoga, uno de los estandartes del metal patrio, en la que fue quizás la mejor etapa del grupo; nunca se ha acomodado en ninguna de sus posiciones en sus diversos proyectos y siempre ha arriesgado, unas veces con más y otras con menos éxito (creo que lo que más cojea es su capacidad compositiva en sus proyectos bajo su nombre), pero siempre intentando innovar y crecer como músico; se ha atrevido a incluir versiones pop en sus lanzamientos; ha sabido superar la etiqueta de “el guaperas del metal” a base de trabajo y constancia para reivindicarse como artista; y ha demostrado ser un profesional inteligente, detallista, exigente y sumamente preocupado por la calidad de sus actuaciones. Y es precisamente por esta última razón por la que me duele tanto que la única nota negativa de lo que pude ver del Galia Metal Fest en las horas que estuve allí sea precisamente la actuación de Stravaganzza.
No deja de sorprenderme, cada vez que lo pienso, el haberme enterado, tras asistir a una actuación llena de problemas técnicos, en la que el cantante, a pesar de sus continuos esfuerzos (comunicación no verbal con la mesa de sonido mediante) por mejorar la calidad del sonido del show, haya apostado por una gira de festivales con un montaje que no pega ni a escupitajos. Once personas sobre el escenario, con una teatralidad muy trabajada y unas composiciones que defender llenas de matices y de cambios drásticos en su musicalidad, no parece el mejor formato para llevar a cierto tipo de acontecimientos. En un teatro o, incluso, en una simple sala en la que el grupo pueda disponer de su propio equipo y del tiempo necesario para que todo encaje antes de saltar a las tablas, hubiera tenido mucho sentido para celebrar la vuelta del proyecto. Pero claro, en un festival chiquitito (y van a ir, como digo, a unos cuantos), después de la tremenda descarga de potencia de Rage, y con el tipo de bandas convocadas para la ocasión, el grupo de Leo cantaba más que una almeja y allí se durmió hasta el apuntador. Creo que esta vez el voceras ha pecado de excesivamente ambicioso. Sólo espero equivocarme y que en futuras ocasiones tanto la respuesta del público como la de la calidad técnica sea la que la ocasión merece.
Y hasta aquí esta extraña “crónica parcial”. El que quiera saber más sobre cómo fue el resto del festi, que haga como yo y que bucee por la red, que por allí andaban diversos plumillas tomando notas para sus piezas. Sólo me queda agradecer a la organización el esfuerzo y volver a animaros, como hiciera en el primer párrafo de este extenso y farragoso texto, a hacer acto de presencia en lo que esperemos sea una realidad el año que viene: la segunda edición del Galia Metal Fest.

Crónica: Quim Heras
Fotografías: Raul Blanco
 

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