El festival logró sorprender con una cartelera puramente nacional

La primera versión de Warria Folk Fest prometía un evento sin precedentes en Chile, al converger en un mismo lugar distintas bandas que encuentran un punto en común el los elementos folk o étnicos, y pues claro, nuestro país sí que tiene exponentes potentes en el género, como otras que son una promesa, de tal manera que estamos ansiosos por más material de éstas. Estamos hablando de Folkheim, Ulkan Newen, Briselas, Grimtotem, y Ermita, el cartel completo que se vio reducido a cinco ya que en un principio contarían con la participación de Austral, banda de metal étnico que enfrenta un duro momento ya que el vocalista Pablo Yáñez dejó la banda hace poco tiempo. No obstante, el festival salió adelante pues en la primera batalla, hay que seguir a pesar de las bajas y dificultades que se puedan dar, para así vencer.

En palabras de los organizadores, un evento llevado a flote bastante “a pulso”, de parte de “Nación Under” y “Bastión Sur” quienes produjeron este festival que tendría por lugar la Casa de la Cultura de La Pintana, en el sector sur de Santiago. Las diversas bondades que brindaba el recinto favorecieron el concepto del festival, pues no sólo veríamos a las cinco agrupaciones presentarse en un espacio bastante similar a un anfiteatro, sino que también veríamos presentaciones acústicas de música medieval, exhibiciones de combates, entre otras cosas desde la comodidad de los espacios verdes, lo que dio a un ambiente bastante comunitario en todo momento. Por eso es que no era de extrañar ver familias enteras, y es que el respeto fue un factor clave durante lo acontecido el 7 de Abril. Bravo.


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Con un atraso de una hora y treinta minutos aproximadamente, el ya numeroso público que se deleitó con cervezas artesanales, exposiciones de arte medieval, etc., comenzaría a tomar sus puestos en la grada para ver a los santiaguinos Ermita, agrupación de doom folk que presentó un concepto musical bastante interesante. Rompiendo el clásico esquema de las agrupaciones de metal, dieron un quiebre dejando de lado a la estruendosa batería, para así usar percusiones: el cajón peruano.

Presentando su primer y reciente trabajo “Presentes Carentes” (2017), dieron un show donde reinó el respeto, el interés y la curiosidad, pues a pesar de los –algo– constantes problemas de sonido (un problema que se repitió durante todo el festival), los asistentes simplemente no podían quitar sus ojos de encima lo que sucedía sobre el escenario. Una banda que le está brindando nuevas posibilidades al género, con canciones como “La Muerte De Tu Sombra”, la oscura “Ad Portas” o la grandilocuente canción homónima del disco. Mención destacada al despliegue vocal de las voces que jugaban con la profundidad de las notas, cosa que brillaba aún más en los coros. Se despidieron con un reconocimiento de parte de la producción, una pieza de madera tallada a mano, y de seguro consiguieron bastantes seguidores.
 
Después de unos cuantos minutos, Grimtotem, oriundos de Concepción, subirían los decibeles de la mano de un extremo metal melódico. Comandados por Carolina –vocalista y guitarrista– los penquistas presentaron su material más reciente, el EP “Invunche”, trabajo inspirado en la cultura de Chiloé. Por lo demás, el discurso contundente de apoyo a los mapuches –con bandera mapuche incluida– caló fondo en el público, consciente de la represión existente generando una situación de intimidad e irreverencia a la misma vez, escuchando las filosas letras de canciones como “Leftrarü” o “Kütral”. Lástima que los problemas de sonido hayan afectado la voz en más de una ocasión, sobre todo al comienzo, pero la comunión fue más grande y disfrutó de un show demoledor lleno de rabia, actitud, riffs y growls dignos del más duro Death metal. Así, con reconocimiento en mano, los penquistas se despedían de su segunda presentación en Santiago.

Después de no más de 20 minutos, los temucanos Briselas darían paso al folk metal de lleno. Una banda numerosa que contaba con dos vocalistas –y uno tocaba la guitarra acústica en ocasiones–, dos guitarras, un bajo, una batería, un teclado, un violín e incluso una flauta traversa. Eso no era nada más que la premisa de una verdadera fiesta, con un público que notoriamente conocía el trabajo de los oriundos de Temuco. No obstante, fueron los más afectados por los problemas de sonido, con constantes acoples y el bajo volumen que las voces tenían a ratos, pero claro, los fanáticos no dejarían que eso mermara el momento y con fuerzas cantaban las canciones, sobre todo los más acérrimos que agradecieron infinitamente el despliegue de sorpresas como “Sexto Sol”, tema que la banda no tocaba hace un tiempo y aprovechando la ocasión, lo ameritaba. Y no sólo ellos, pues todos queríamos festejar, queríamos beber, queríamos reír y cantar, y lo hicimos. Gracias por eso, Briselas.

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Lo de Ulkan Newen merece un reconocimiento especial pues a pesar de que su último  trabajo (y en estricto rigor, es el primero) sea relativamente reciente –pues la versión final de “La Fuerza Del Canto” salió en 2016– la banda se despliega como si llevasen mucho más tiempo en la escena. Repletos de energía y desplante, los temucanos en su propuesta global folk metal, no quedan indiferentes ante nadie, y es que ellos logran en su música hacer uso de las distintas influencias del mundo, como la japonesa cuando tocaron “Hagakure (A La Sombra De Las Hojas)”, la europea y obviamente la chilena como por ejemplo cuando abrieron con “Sendero Astral”.

Hubiera sido ideal tanto para la banda como para el público que hubiera una cancha para saltar y hacer uno que otro moshpit, si incluso el baterista se salió de su trono para avivar a la gente en las gradas corriendo por éstas, y claro, el público respondió como pudo, gritando, cantando y cabeceando hasta no poder pues el frío que yacía a esas horas no era excusa para no celebrar tamaña presentación. Esta es una banda que merece ser grande, y así como van, definitivamente lo harán.

Pasado el rato, sólo quedaba la última banda. Los ya legendarios Folkheim, y es que lo que sucede con ellos es hasta anecdótico. Con dos trabajos únicamente, “Pachakuti” (2006) y “Mapu Ñi Tiam” (2012) se han convertido en un acto de culto obligatorio, pues prácticamente son la banda más grande dentro del metal étnico en Chile y es que su música no tiene otro calificativo más que arrolladora. Mezclando los elementos étnicos en su justa medida, simplemente dieron un show demoledor, tocando de sus placas, como “Vaai Honga Kaina” la canción más extensa de su catálogo o la ya clásica “Hijos del Salitre”. Con oficio, dieron paso a las estruendosas melodías, sigilosos y pesados riffs, ensordecedores blast beats, y al público no le quedó más que rendirse ante los antofagastinos. Nada que envidiarle a grandes como Ensiferum o Finntroll, pues lo de Folkheim para nosotros ya está ahí; una propuesta llena de influencia de los pueblos originarios chilenos, como el de Rapa Nui, sería esto que daría por terminado a la primera versión del Warria Folk Fest.

Esperamos que esto perdure por muchísimos años, pues ya quedó instalado el precedente de que la cultura folk metal tiene una cabida gigante en nuestro país, y no queda nada más que avanzar. Ojalá Austral pueda presentarse en una futura versión con su nuevo vocalista.

Ojalá también esto trascienda y de paso a la participación de bandas folk metal latinoamericanas, ¿por qué no?. Y aunque la lejanía del recinto pudo haber reducido la cantidad de la congregación del público, o la existencia de los problemas de sonido hayan mermado la experiencia completa de las distintas presentaciones, el festival salió adelante, costó pero se pudo. Y en esta, la primera y la más importante batalla, vencieron.

Crónica y fotografía de Jota Ossandón 


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