Los portugueses volvieron a Chile en una notable noche de éxitos


Muchas cosas se nos vienen a la mente cuando hablamos de Moonspell, quizás la agrupación más exitosa que haya concebido Portugal. Una fórmula cuyo camaleonismo no empaña en absoluto su esencia de oscuridad envolvente, aquella que le permitió, por ejemplo, incursionar en la electrónica pese a la controversia generada a comienzos de la década pasada. Pero con un trabajo de la talla de 1755, estrenado el año pasado, esta nueva visita de los portugueses nos deja en claro que su título de 'referentes' del Metal Extremo permanece incólume. Un disco conceptual basado en el devastador terremoto que asoló Lisboa en el año mencionado en el título y una propuesta musical que vuelve al Metal de los inicios sin sacrificar un ápice de creatividad. Suficiente para que Fernando Ribeiro, su frontman y fundador histórico, desplegara todas sus armas como compositor y genio detrás de un concepto que abarca uno de los períodos más trágicos de la historia del país lusitano. Miedo, muerte y locura, sensaciones presentes en la placa mencionada, también quedan plasmadas con fidelidad sobre el escenario, como pudimos notar anoche en el Club Blondie, con una numerosa asistencia y una cátedra de entrega y clase en vivo.
 20:30 justo y las luces se apagan para dar paso a penumbrosa intro con que "En Nome do medo" nos sumerge de inmediato en los dominios tenebrosos de Moonspell. Fernando Ribeiro en plena facultad de sus virtudes como intérprete y maestro de ceremonias, secundado de manera brillante por sus compañeros, en especial el bajista Aires Pereira, dueño de una presencia tan rica en escena como sólida en el sonido de los portugueses. Completando el equipo, el guitarrista Ricardo Amorim y los fundadores Miguel Gaspar (batería) y el tecladista/multiintrumentista Pedro Paixão, todos aportando a la construcción de la muralla sonora con que Moonspell impone sus términos desde el inicio, sin prejuicio que valga la pena.
No exageramos si afirmamos que "1755", en vivo, conforma una experiencia única para los sentidos, en gran parte reforzado por el desempeño escénico de Ribeiro, quien desempeña una labor magistral al momento de interpretar a cada personaje de la historia en cuestión. Es así como, en un comienzo, "1755" -uno que otro problema técnico, con Ribeiro cambiando micrófono sin perder el hilo de su performance, maestrísimo!-, "In Tremor Dei" y "Desastre" marcan el primer tramo de la presentación, siempre reflejando la desesperación humana en medio de la oscuridad espiritual, tal como ocurre en cualquier contexto catastrófico, algo que acá conocemos de sobra. Pero también hubo oportunidad para retroceder unos cuantos con "Night Eternal", señal irrefutable de cómo Moonspell se ha ganado un lugar merecido entre los grandes del Metal de vanguardia. Extremo, crudo, al mismo tiempo que permite entablar la siempre necesaria conexión entre el pasado y el presente sin distinción alguna. De la misma forma, un himno como Opium permanece intacta y, por qué no, se erige de manera colosal, siempre imponente, con Pedro Paixão cumpliendo su tarea con una maestría escalofriante cuando se trata de generar y mantener aquellas atmósferas con que los portugueses hicieron escuela en Europa y a nivel mundial. En tanto, Miguel Gaspar aporta con una precisión y fuerza contundentes como una tormenta eléctrica, de bajo perfil pero siempre presente, mucho más de lo que uno cree.
"Awake", "Ruinas", "Breathe (Until We Are No More)", "Extinct" y "Evento", una tras otra, se intercalan con una fluidez impresionante. Es sabido que Moonspell es de esas agrupaciones que se atreve a probar con diversos colores, incluso fuera de las restricciones propias del Metal, pero es cuestión de analizar el set para darnos cuenta de que la crudeza de sus inicios sigue tan fresca como en aquellos lejanos '90, aunque es la misma puesta en escena la que transforma aquellas sensaciones en algo puro y real. Bien lo sabe Fernando Ribeiro, el responsable de hacer del quinteto un canal de transmisión para sus conceptos, donde el vampirismo, los misterios de la noche y la tragedia logran un reflejo del cual es imposible abstraerse. He ahí la gran virtud de Moonspell: un universo creativo en el cual permanecemos inmersos y enfrentamos nuestro temor a lo ignoto. Y ese temor es el que pareciera imponerse en "Todos Os Santos", con el extrovertido frontman sosteniendo un crucifijo con el cual proyecta un laser hacia el público, recordándonos el lado nocturno del ser humano. aquel que sale a relucir más adelante en "Vampiria", uno de esos clásicos cantados por el público con puño en alto. Un nivel de entrega pocas veces visto en el género y que en "Alma Mater" alcanza su punto máximo de temperatura, con el público coreando el riff principal hasta el infinito. Comunión en pleno entre el arte de lo lóbrego y la pasión de quienes ven en Moonspell el reflejo de la sensibilidad a lo intangible.
Traducir esta presentación en poco más de 90' de Metal y psicodelia parece ciego y simple, pero si hay algo que nos enseñaron los portugueses es que aquello que influye en nuestros sentidos es casi imposible describir con palabras exactas. En el caso de Moonspell, el temor y el misterio de la noche priman como elementos propios de una propuesta que no cesa de sorprender. Ese temor que nos lleva a la locura, tal como pregona al final en la clásica "Full Moon Madness", se sintió fuerte, electrizante, seductor para quienes están dispuestos a cruzar el umbral. Una vez más, el hechizo de la luna hizo efecto con su cálido y sensual trance. Aún permanecen en nuestros oídos los aullidos con que "Wolfshade (Werewolf Masquerade)" dio cuenta de la fascinante -y terrorífica- licantropía con que la banda acecha a sus víctimas o, en el mejor de los casos, nos invita a unirnos a su especie, dejando aflorar nuestros instintos. En el nombre del miedo, Moonspell nos bendijo con su firma de sangre e hizo de la oscuridad la más inefable de toda las guías. 

Crónica de "Anti Lucy"
Fotografía de Felipe "Wolf" Pino


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