El pasado 09 de diciembre, en el Teatro Vorterix de Argentina, se vivió una verdadera fiesta. En el marco de una nueva edición del Noiseground Festival, la buena música fue el denominador común en el barrio porteño de Colegiales.
Los encargados de abrir la fecha fueron Montañas. Ante un público bastante grande para la primera banda, el grupo de Buenos Aires descargó toda la furia de su sludge metal, a veces melódico y cercano a lo hecho por Baroness y otras veces poniéndose densos y a velocidad doom.

Presentando su LP debut “Cargados de furia los cuerpos resisten”, el cuarteto tuvo una buena presentación, donde se destacó el gran trabajo en las voces podridas del cantante Diego Neri, la pared de sonido creada por el guitarrista Ramiro Suárez y el bajista Andrés Villanueva y los ritmos furiosos del baterista Emilio Paravisi, hasta que la rotura del redoblante de la batería llevó a un final abrupto cerca del final de la última canción. Más allá de eso, dejaron una buena impresión con canciones como “Perro del infierno” y “Constelaciones”, con ganas de explorar más su propuesta

Los siguientes en salir al escenario fueron Sanador. Aunque el grupo en si era muy joven, la gente detrás del mismo tiene sus buenos años de experiencia, siendo la nueva iniciativa del cantante y guitarrista Juan Manuel Díaz (Humo del Cairo), quien está acompañado por el bajista y tecladista Mariano Bertolazzi (Narcoíris) y el baterista Rodrigo Ioio Vega (Lo Bruto).

Con ese curriculum colectivo no hubiera sorprendido un estilo cercano al stoner, pero en esta nueva incursión los músicos parecen querer tomar un rumbo bastante diferente a lo hecho en sus respectivas bandas anteriormente, combinando crescendos típicos del post rock con atmósferas densas, largos pasajes instrumentales y secciones con teclados casi espaciales, creando una propuesta desafiante y con pocas referencias nacionales con las que compararlos. Y aunque esto se haya visto reflejado en un público un tanto apático ante las composiciones casi sin voces y alejadas de cualquier formato de canción tradicional, es justo decir que lo hecho por Sanador dejó muchas ganas de más, como en las cuatro partes de “Hijo del Hombre”. Con un buen uso de las luces y un sonido más que decente que le dio a la presentación un valor especial. A ponerles fichas para los próximos lanzamientos de su parte.

Poco más de 20 minutos más tarde y habiendo probado sonido con el telón abierto, Neurosis salieron al escenario, dando inicio al sample de audio que abre “Lost”, que con su inicio lento que, poco a poco, va creciendo hasta desembocar en la marea de riffs tan lentos como pesados, un recurso del que el grupo ya hizo su marca registrada.

Con la seguidilla de “The Web” y “A Shadow Memory” ya se habían establecido los elementos esenciales de la presentación de Neurosis: el contraste constante entre la calma y la furia, un sonido sorprendentemente claro incluso en medio de la distorsión, la ausencia total de comunicación con el público (a ningún miembro de la banda se le escuchó la voz por fuera de las canciones) y la manera en la que, a un lado del escenario, Noah Landis imponía una imagen inesperada para un tecladista.

El tecladista llamaba la atención con sus movimientos entre robóticos y marciales al momento de atacar el teclado, accionar samples o golpear un pad de efectos que tenía instalado a un lado, aunque por momentos se le daba por comenzar a mover teclados y órganos con soporte y todo, haciendo casi se cayeran.

En “Fire is the end lesson” se notó que la única manera de anticipar la explosión después de la calma era a través de las cuentas que daba el baterista Jason Roeder, quien fue una máquina a lo largo de la presentación: ya fuera con ritmos rockeros más tradicionales o en su versión más percusiva y tribal, Roeder golpeaba su batería con una precisión de reloj suizo, apenas pareciendo humano cuando se inclinaba a buscar un palillo de repuesto cuando se le escapaban.

“Broken Ground” tuvo uno de los poquísimos usos de voces limpias por parte de los guitarristas Scott Kelly y Steve Von Till, como un respiro en medio de tanta opresión, mientras el público mostraba señales del que bien podría haber sido el pogo más lento de la historia. Pero ese respiro fue corto, porque a esa le pegaron “At The End Of The Road”, con su densa sección ambiental que hizo retumbar toda la estructura de Vorterix.

En “Stones From The Sun” los movimientos violentos del teclado le pasaron una mínima factura a Noah Landis cuando tuvo que ir a buscar el palillo para el pad, que se le había caído, como si al igual que a Roeder no le hubiera quedado otra que traicionar su comportamiento cuasi robótico.

Ya para el final con “The Doorway” se podía sentir que, por momentos, la fórmula de Neurosis se puede tornar un poco repetitiva, con su constante uso de crescendos y acoples, pero no por eso deja de ser sumamente efectiva. Para darle un verdadero final a la presentación y en medio de la manea de distorsión, samples, acoples, ritmos tribales y Landis recurriendo a sus puños para golpear el pad, Steve Von Till y el bajista Dave Edwardson abandonaron sus instrumentos para atacar cada uno un teclado (o algo que parecía un teclado) para sacar toda clase de ruidos y contribuir al caos perfectamente controlado que se estaba dando a su alrededor. Y es así cómo poco a poco el caos se fue disipando, retirándose todos dejando sólo un drone furioso de fondo, hasta que el chasquido de apagado del parlante puso un punto final perfecto a la primera presentación de Neurosis en Argentina.

Aunque algunos pedían algún tipo de bis para seguir la noche, lo único que tuvo el público fue la aparición de Jason Roeder, quien sonriente volvió al escenario, dio un par de gestos de agradecimiento al público y procedió a comenzar a desarmar la batería, todo con un telón que no se cerró hasta minutos después.

Once canciones pueden no parecer mucho para un recital, pero estas se prolongaron por más de 100 minutos. Promediar más de nueve minutos por canción es algo que no suena fuera de lugar para una banda como Neurosis, cuya tarea de sonar enormes y densos es algo que el grupo estadounidense ha logrado dominar a la perfección. No por nada su presentación no termina hasta que se apagan los parlantes, como una muestra de su dedicación al ruido.

Ese sábado no sólo se saldó la deuda de tener a una banda tan legendaria en suelo argentino, sino que ésta lo hizo mostrando una presentación de calidad, una que picará bien alto entre los recitales del año en el país.

Crónica: Martín Cirillo
Foto: Iván Pinto


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