Allá por el año 2016, tanto el under blackmetalero como el periodismo musical quedó fascinado con un particular proyecto proveniente de Polonia. El proyecto iba por el nombre de “Batushka” (o “Батюшка”, como dice su logo), y su debut “Литоургиіа / Litourgiya”, editado en diciembre del 2015, tenía a la gente hablando, y por buenas razones, porque aquel álbum combinaba no sólo la suciedad y distorsión típica del black metal con la densidad del doom y la clase de riffs que se te quedan en la mente, sino que también las voces desgarradas del género con coros propios de las ceremonias de las iglesias ortodoxas cristianas de la península balcánica y del oriente europeo.

Escuchar dos elementos casi antagónicos, lo profano y lo sacro, teniendo tan buena química en el álbum fue toda una sorpresa para muchos. Claro que también el anonimato de los miembros, la imagen promocional del grupo con sus túnicas negras y máscaras, y la estética llena de elementos propios de la ortodoxia cristiana (al punto tal de que varios pensaron que Batushka era una banda cristiana) también ayudaron, sobre todo en una época en la que la fascinación por un grupo como Ghost todavía seguía, siendo ambos grupos europeos que mantenían (al menos en ese momento) las identidades de sus miembros en secreto y que tomaban elementos estilísticos propios de la liturgia cristiana. Pero mientras Ghost parecían más un espectáculo de Halloween y su música era mucho más melódica y mucho menos pesada de lo que prometían (las influencias de Mercyful Fate y King Diamond que algunos les atribuían no llegaban más allá del maquillaje, en mi opinión), Batushka sonaban tal cual se veían, e incluso cuando se revelaron las identidades de un par de los miembros de la banda la mística seguía estando, porque la música entregaba lo prometido en el paquete que se vendía.

Siendo este un país donde parece que todo llega tarde, uno bien podría haber pensado que el grupo nunca vendría por estos lares. Y por un buen tiempo tampoco parecía que el grupo tuviera interés de llevar su espectáculo a muchos lugares, siendo que sus presentaciones en vivo eran más que nada esporádicas y siempre confinadas a los límites del continente europeo. Pero hasta lo más improbable puede ocurrir, y aquel 20 de mayo de 2018 el cartel sobre la entrada de Roxy Live rezando “Batushka” marcaba que Buenos Aires sería el segundo destino de la gira (o, en el lenguaje de la banda, “peregrinaje”) que el grupo polaco haría por Latinoamérica.

Después de la presentación de los deathmetaleros argentinos Morferus (que no pude presenciar por un problema de horarios) y con una puntualidad casi perfecta, a las 22.02 el telón se abrió de par en par, revelando un escenario decorado de pies a cabeza: un mural en el fondo mostrando iconografía religiosa, una alfombra ocupando casi todo el suelo, y un altar dispuesto en el medio, rodeado por velas y un cráneo cubierto de cera, que atraía las miradas del público que había llenado gran parte del recinto del barrio de Palermo. Si no fuera por los parlantes y por la batería rodeada de paneles a un costado del escenario, cualquiera podría haber pensado que se trataba de una verdadera ceremonia.

Con música ambiental acorde sonando de fondo, los miembros del grupo salieron lentamente al escenario desde ambos costados, descalzos y ataviados con máscaras y túnicas negras idénticas decoradas con oraciones en eslavo eclesiástico (el idioma litúrgico utilizado por la mayoría de las iglesias ortodoxas), y se posicionaron en sus respectivos lugares, de los que no se moverían por el resto de la noche. No sólo hablamos de los encargados de los instrumentos, sino también del “coro”: los tres encapuchados que acompañan realizando los cantos “znamenny” (similares al canto gregoriano) que tanta identidad le dan al grupo, y que salieron tocando campanillas y trayendo consigo la imagen borrosa de la “Theotokos de la Pasión” que ilustra la portada de su álbum, y que dispusieron en el altar encarando al público. Mientras dos de ellos se ponían frente a los micrófonos puestos a un costado, el tercero se encargaba de prender una por una las velas a ambos lados del altar.
Apenas terminada esa tarea, el guitarrista principal y, más tarde, el resto de los músicos comenzaron a tocar una introducción instrumental, que no sólo marcó la llegada de quien sería el cantante principal (apostándose frente al micrófono detrás del altar) sino que también mostró la claridad del sonido que tendríamos por el resto de la noche, toda una maravilla en estos tiempos en los que parece que hay que rezarle a alguna divinidad para tener un sonido decente en los recitales. Mientras esta introducción se extendía, el cantante principal se dispuso a esparcir el humo que provenía de un incensario, haciendo una reverencia a todos los símbolos en el escenario.

El fin de este inicio instrumental tuvo al cantante anunciando el inicio de la “ceremonia” (o al menos es lo que se pudo entender, pero las palabras “Batushka” y “Litourgiya” se escucharon claras para todo el mundo), y marcando el inicio de “Yekteniya I: Ochishcheniye”, con esa marcha lenta pero pesada y marcada por el doble bombo de la batería, mientras los gritos desgarrados del black se combinaban con las profundas voces. La música de Batushka raramente da para el pogo (o para algo más que un leve headbanging), pero es ciertamente intensa en la cantidad de elementos que contienen al mismo tiempo.

Cada una de las siete composiciones siguientes tuvieron ceremonias previas comparables, haciendo que la atmósfera solemne permeara cada momento de la presentación, y eso se sostuvo más que bien por los 50 minutos que duró, más allá de que de vez en cuando se escuchara algún que otro grito por parte de alguna persona en la audiencia, seguramente buscando un recital un poco más tradicional. “Yekteniya II: Blagosloveniye” tuvo a uno de los coristas tocando una campana marcando el comienzo de la canción, mientras que “Yekteniya III: Premudrost'” tuvo un toque rítmico de campanillas al principio, al que la gente aplaudió con palmas en lo que bien podría ser una variante de la costumbre de corear los solos.

Mencionar cada detalle de lo que fue la presentación de Batushka haría que esta crónica se alargue más de lo debido, pero ciertamente hablamos de una experiencia que traspasó las barreras del simple espectáculo del rock. La interacción con el público fue casi nula, más allá de la reverencia al principio, el cantante principal lanzando una de sus “lestovkas” (una cuerda utilizada para rezar) al público o el mismo pidiendo silencio con un sutil gesto antes de “Yekteniya VI: Upovanie”.

El final con “Yekteniya VIII: Spaseniye” tuvo al cantante principal tomando la imagen puesta en el altar y no sólo alzándola al público, sino también llevándola frente a cada uno de los músicos y cantantes, con estos haciendo una reverencia frente a ella. Cerrando con los aplausos del público, los músicos se retiraron lentamente mientras volvía a sonar la música ambiental de antes, y los guitarristas y bajista desenchufaban sus instrumentos, dando una última reverencia al público y desapareciendo detrás del escenario, con el telón cerrándose poco después.


¿Qué se puede decir después de haber presenciado esta presentación de Batushka? Ciertamente hablamos de toda una experiencia, que excede por mucho el valor que uno le pueda dar a primera vista a un recital de apenas 50 minutos al lograr llevar a los presentes a un mundo fuera de cualquier tiempo. Y esto se logró no necesariamente a través de alta tecnología o pirotecnia, sino utilizando elementos más teatrales para crear el ambiente correcto. Desde ya, un aplauso para los productores que decidieron arriesgarse a traer a semejante grupo por estos lares y a los encargados del sonido por brindar una calidad de verdad digna de una visita internacional, y esperemos que se den espectáculos de igual calibre en el futuro. Mientras muchos se preguntan cuándo vendrá el Papa a la Argentina, desde acá podemos decir que el verdadero peregrinaje ya pasó por Buenos Aires.

Crónica por: Martín Cirillo
Foto por: Juan K Baracaldo


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